Domingo, 29 de noviembre de 2015

Caminaba despacio pero de forma decidida. Entre cada paso revivía mentalmente las páginas de su existencia. No podía quejarse, pues con todos los avatares pensaba que la vida puede ser maravillosa. Y eso le insuflaba ánimos para alcanzar su nuevo destino. En el horizonte un nuevo hogar con charcas grandes de aguas transparentes y campos y huertas adornadas de inmaculado verde y colores de alfombras persas.
Las cosas se habían complicado para el bueno del sapo Pepo, protagonista de esta historia. La feroz sequía había reducido los charcos a embarradas pocilgas, mientras el amarillento color de la prematura muerte pintaba el desolador paisaje. Fue cuando supo que allá en lugares muy al norte, la vida se esparcía en todo su esplendor. No era un sapo de acción, pero tampoco un ser que se rendía fácilmente. Y apenas ordeno sus cosas, decidió ponerse en marcha. Si, uno no es de donde nace sino de donde mora dignamente.
Llevaba una jornada de camino agotadora, en la que apenas se había detenido a coger resuello. La vio y su gesto denotó asombro y perplejidad. Una inmensa y vertical pared se levantaba ante él. Se detuvo y levantó la vista hasta la cima que parecía tocar el cielo. Miró a su izquierda y otro muro le cerraba el paso. Viro su cabeza hacia la diestra y el muro le pareció infinito hasta el monte que se dibujaba en el horizonte. Evaluó la situación, pues sólo tenía dos alternativas. Subir o desplazarse a lo largo del tabique pétreo hasta encontrar un paso. La vida está llena de obstáculos, pensó, y a veces hay que tomar decisiones arriesgadas, concluyó. Y decidió escalar el vertical paredón.
Sapo escalandoAlzó y estiró su pata delantera izquierda y se aferró con su mano a una hendidura entre las piedras. Levantó su patita trasera del mismo lado y la apoyó en otro saliente. Se impulsó y adelantó su pata derecha delantera para agarrarse en otro hueco. Así comenzó su conquista, con el saber de que la distancia más corta es la recta entre dos puntos.
Los últimos haces de luz se desvanecían ante el avance de las sombras de la noche. Entonces detuvo su escalada y giró su cabeza para ver el recorrido realizado. Ciertamente no se preocupó por el poco espacio recorrido, pues nunca se llevaría una medalla por sus prodigios como escalador. 
Tres días después, nuestro amigo el sapo Pepo, continuaba con su cuerpo pegado al frío muro ya en el ecuador de su ascensión. Se detuvo para tomar aire y evaluó la situación. Quizás se había equivocado en su elección. Pero ahora le parecía tarde para desandar lo andado y retomar el camino más fácil, bordear la pared. 
Habían pasado seis jornadas y el bueno del sapo Pepo seguía en su empecinada aventura. Aquella noche la Luna Llena había vencido la oscuridad. Y Pepo ya en sus últimas y quebradas fuerzas había declinado descansar y prosiguió. Apenas había ingerido algún que otro insecto y vegetal que encontraba a su paso. Estaba a punto de desistir y asumir su derrota, cuando la intensa luz del amanecer se impuso a la tenue luz lunar. Y su gesto cambió cuando a unos diez o doce pasos se perfilaba la línea de la cima. Hacía mucho frío, la helada había sido de órdago. Con sumo cuidado avanzó y por fin su mano diestra se aferró al remate de la pared. Fue un movimiento instintivo de ansia lo que le llevó a mover sus patas sin coordinación y se desató el desastre. Resbaló y se vio lanzado al vacío. En su caída, el suelo que había abandonado hacía seis días se le acercaba vertiginosamente. Y en su desdicha pensó: lleve el diablo las prisas.
Como no, todo tiene su moraleja. No por mucho madrugar, amanece más temprano y en la carrera de la vida hay que medir los riesgos, pues no siempre el camino más corto es la mejor elección.
A veces la terquedad y el propio ego, nos hacen continuar por la senda equivocada, nota del autor.


Tags: relato, sapo, diablo, prisas, vida, obstaculos, elegir

Publicado por Fransaval @ 22:21
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