Viernes, 31 de julio de 2015

Por: Carlos Barros Universidad de Santiago de Compostela Publicado en

"Hace 548 años el pueblo se levantó contra la opresión de los señores feudales, ahora se organiza para acabar con el poder de los lobies económicos y los gobiernos serviles", Fransaval. 
"Hace aflorar el sentimiento colectivo de agravio acumulado durante largos años por los vasallos, campesinos y ciudadanos, contra los señores gallegos que habían transformado las innumerables fortalezas en nidos de malhechores", Carlos Barros. ¿A qué les suena?

En aquel tiempo, la clase dirigente feudal había sustituido el orden por la anarquía, la justicia por la ley del más fuerte: "andaba la gente en el Reino a quién más podía más hazía e no osaban las gentes de andar por los caminos seguros", denuncia un mercader. Con la formación de la Santa Irmandade del Reino de Galicia se instaura una típica situación de doble poder que acaba resolviéndose, Guerra Irmandiñasocial y militarmente, en favor de los rebeldes. Abundan los testimonios que aseguran que, en 1467, "podía más la hermandad que no ellos", los señores del reino, afirma un labrador de Padrón que cuenta fascinado como un simple campesino de Ribadulla, Bartolo de Freiría, había llegado a ser capitán de la hermandad, estando como estaban las funciones militares reservadas a los hidalgos: "e hacía lo que quería que ninguno se lo estorbaba". La fuerza del movimiento irmandiño consistía en que los propios vasallos formaban y sostenían a la hermandad, dejando masivamente de obedecer a sus señores que "no tenían gente ni ninguna persona" en su favor, dice  un campesino con ese tono absoluto tan característico, útil para aclararnos la causa básica de que la hermandad llegara a tener "la gobernaçión de dicha çiudad e tierra" a lo ancho y largo de Galicia.

Entre las primaveras de 1467 y de 1469 el poder de la Santa Irmandade en el reino de Galicia es incuestionable. La primera explicación es ciertamente la unidad y unanimidad del levantamiento armado; la segunda es el apoyo real obtenido por los sublevados, casi tres meses después del comienzo de la insurrección contra las fortalezas. Primeramente Enrique IV, el 25 de abril de 1467, se opone tajantemente a la toma por la hermandad, en la provincia de Ourense, de las fortalezas y de los bienes de los Condes de Santa Marta y de Juan de Zúñiga, preguntándole a los rebeldes las "cabsas que a ello vos mueven", exigiendo el fin de los cercos y la restitución de las fortalezas, villas y tierras a dichos señores. La gente de la hermandad no obedece, y el 19 de junio el rey insiste en que devuelvan la villa y fortaleza de Monterrey al caballero de su bando Pedro de Zúñiga; la Xunta de Betanzos responde el 13 de julio dando largas al asunto y remitiendo de nuevo el tema al rey Enrique IV, que unos días antes, el 6 de julio de 1467, a petición de los rebelados, ya había firmado una carta, redactada significativamente por el secretario y después cronista Fernado de Pulgar, autorizando los derrocamientos de fortalezas en Galicia y ordenando a los alcaldes de las fortalezas aún cercadas que las entregasen a los irmandiños, agregando siempre la coletilla "delas quales se fasían robos et muertes", que para los insurrectos eran naturalmente todas las fortalezas del reino. Esta carta del rey fue sin duda primordial -el rey era la fuente suprema del poder terrenal- para que la revuelta popular contra las fortalezas alcanzase plenamente sus objetivos: las instancias dirigentes irmandiñas la copian, propagan y enseñan por doquier, al contrario de lo que sucede con las restantes cartas pro-señoriales del rey de Castilla, de significación eso sí más particular. La carta de Enrique IV autorizando los derrocamientos irmandiños va a eclipsar la primera carta estableciendo la hermandad en Galicia, y ratifica concluyentemente la validez de las declaraciones de los testigos pro-irmandiños del pleito Tabera- Fonseca, que aseguraban que los derrocamientos habían tenido el permiso del rey, si bien la minoría contraria reflejaba la otra parte de la siempre compleja verdad al aseverar que los actos revolucionarios habían sido efectuados por la propia autoridad de sus participantes, puesto que el rey en ésto de los derrocamientos no hace más que, viéndose incapaz de impedirlo, avalar hechos consumados.

Los protagonistas irmandiños, y la generación que sigue, repiten, y  aciertan a tenor de los hechos, que a los señores gallegos les había Guerra Irmandiñasido imposible resistir a los derrocamientos: toda la gente común del reino era contra ellos "y sus mismos vasallos y ellos no tenían baledores ni con que se defender", notifica un anciano pescador de Pontevedra que había participado en la insurrección. Viene a continuación la huida a Castilla de los "caballeros prinçipales" del reino, broche de oro del levantamiento armado de la Santa Irmandade que consolida visiblemente el sentimiento colectivo de victoria. Los más madrugadores fueron Diego de Andrade y Sancho de Ulloa que ya desde la Xunta de Melide escapan para Castilla, seguramente por negarse a entregar las fortalezas. Pero la huida más trascendente y más celebrada por los armados gorriones es la del Conde de Lemos, el señor feudal más importante del reino de Galicia; incluso argumenta alguno que si el Conde de Lemos no había podido defender sus fortalezas teniendo que huir a Castilla, menos podrían haber resistido a la hermandad los demás caballeros gallegos. La versión nobiliaria, a pesar del hecho cierto y conocido de la huida del Conde de Lemos, habla de sus victorias en 1467, de cómo el famoso Conde venció a los irmandiños matando a 400 de ellos en la batalla de Monfierro y cómo se defendió después en Ponferrada, etc.; versión contraria que nos permite complementar y matizar la ofrecida por los protagonistas, que caen a menudo en la imagen de la revuelta como un paseo triunfal y libre de obstáculos.

Un segundo sector de la hidalguía y de la nobleza gallega apoya activamente a los rebeldes populares, ocupando algunos caballeros capitanías territoriales de la hermandad, cargos que detentan también jefes militares de origen plebeyo sistemáticamente olvidados por las fuentes nobiliarias. Fueron capitanes irmandiños: Alonso de Lanzós, Diego de Lemos, Pedro Osorio, Lope Sánchez de Moscoso, Lope Pérez Mariño de Lobeira, Fernando Díaz de Teixeiro, Sueiro de Noguerol, Pedro Arias de Aldao y otros. Unos se mantienen hasta el final del lado de los populares; otros vuelven al seno de la nobleza en el curso de la contraofensiva 1469-1472.

Un tercer sector de la nobleza gallega sufre en 1467 más o menos forzadamente el exilio interior, o bien incluso permanecen en Galicia
Guerras Irmandiñasmostrando simpatía por la hermandad, como Gómez Pérez das Mariñas. En el primer caso están los señores que los insurrectos encierran en monasterios e iglesias, perdonándoles la vida, o escapados como Sueiro Gómez de Soutomaior que "andaba ascondidamente por la tierra". En todo caso nobles que no disponían de fortalezas ni de ejércitos privados mientras permanece en el poder la Santa Irmandade.

El triunfo de los gorriones contra los halcones es el triunfo de los vasallos contra los señores. No sólo los favorables a la revuelta dicen que "los mismos vasallos eran contra ellos", entendiendo por "ellos" los señores de Galicia, también testimonios contrarios como el de Lope García de Salazar dejan claro que "no quedaron con ellos sendos servidores que los sirviesen. Echáronlos de todas sus tierras e heredamientos, que un sólo vasallo ni Renta no les dexaron". Sin que conste explícitamente en los estatutos de la hermandad como objetivo, y menos aún en las cartas reales, tenemos de facto una revuelta antiseñorial: desde el primer momento los vasallos dirigen la rebelión contra el dominio social de los señores, cuyas funciones públicas son general y eficazmente impugnadas como inmorales y delictivas. Los protagonistas populares todavía sesenta años después reiteran que se habían levantado contra los "señores, caballeros y prelados" del reino, si bien ponen muy a primer plano los delitos comunes que perpetraban los caballeros y sus servidores desde las fortalezas.        

Además de  abandonar a sus señores, y oponérseles con las armas, los circunstanciales ex-vasallos dejan (como era de esperar) de pagar rentas y tributos, y es más ocupan -contra la opinión de Enrique IV-los bienes de los señores, sus fortalezas y sus tierras, de lo cual se quejará después agriamente la clase derrotada: una vez finalizada la Santa Irmandade les costará meses y hasta años retomar el poder en las jurisdicciones, sobre todo urbanas.

La asunción real en 1467 del poder, esto es, el ejercicio pleno de la justicia en una sociedad tan feudalizada como la gallega exige el control de las jurisdicciones señoriales. Por otro lado, la mayoría de los miembros activos de la Santa Irmandade, de sus unidades militares y del conjunto de sus cargos dirigentes, campesinos y oficiales artesanos, acusaban más los tributos señoriales que los robos que hacían los señores y sus agentes, quienes escogían principalmente como víctimas a burgueses y medianos propietarios; de ahí que
Guerras Irmandiñaslos vasallos del campo y de la ciudad busquen liberarse de las cargas jurisdiccionales, y del dominio señorial, al mismo tiempo que abaten las fortalezas y hacen huir o esconderse a los señores "tiranos".

 La sensación colectiva de que la insurrección popular no tiene marcha atrás, que anula la preocupación de conservar en pie los castillos para defenderse de una futura contraofensiva de los caballeros, impulsa grandemente, en especial en el campo, la revuelta antiseñorial. Este anhelo de vivir sin señores que insólitamente se plasma en la realidad durante la coyuntura irmandiña, está alimentado, entre elementos más materiales, de un componente imaginario y utópico muy movilizador: la voluntad igualitaria de los vasallos de liberarse permanentemente del dominio señorial era un sueño a finales del siglo XV, y en consecuencia a tres siglos de distancia de la Revolución Francesa. Además, ¿dónde se ha visto que los gorriones venzan a los halcones sin que éstos se tomen la revancha?

El regreso de los halcones

El fin de la guerra civil castellana (setiembre de 1468), animó a los nobles de ambos bandos a intentar acabar con la hermandad popular; en Salamanca "se levantaron cavalleros y hidalgos contra el pueblo...y el pueblo fue vençido", dando los cronistas este hecho como el principio del fin de las hermandades en Castilla y León. De hecho, en las Cortes de Ocaña (abril de 1469) se habla de las hermandades como algo pasado. La Santa Irmandade del Reino de Galicia, movimiento manifiestamente autónomo que había llegado más lejos en su revolución justiciera, antifortaleza y antiseñorial que las restantes hermandades, funciona todavía por su cuenta un tiempo, al margen de la nueva situación existente en Castilla, pero ésta termina por imponerse.

Los nobles gallegos ven ahora llegada la gran ocasión para recomponer su unidad perdida, para recuperar el poder perdido en Galicia. Enrique IV de CastillaEl 2 de abril de 1469, el irmandiño cabildo de Santiago se queja por las donaciones, que condena, de los bienes de la Iglesia de Santiago que el desterrado arzobispo Fonseca  había hecho, o pudiese hacer, al objeto de organizar con otros caballeros la reacción señorial. La entrada de los ejércitos de los señores gallegos exiliados  tiene lugar hacia la primavera-verano de 1469.

No tenemos datos que hagan suponer que Enrique IV -ni tampoco por otro lado Alfonso V de Portugal- promoviera o autorizara la decisión de los nobles desterrados de regresar bien armados a Galicia; más bien lo contrario, pues el rey apoya por carta a los concejos de A Coruña y Viveiro contra los nobles confederados contra la hermandad. Con todo, la marcha en mayo de 1469 de Enrique IV a Andalucia, dejando los asuntos del reino en manos de una troika de la que formaba parte el Conde de Benavente, enemigo declarado de los irmandiños, va a facilitar sin duda la incursión militar contra la hermandad de Galicia.

Tres son los ejércitos que penetran en Galicia. El primero lo organiza Pedro Alvarez de Soutomaior en el norte de Portugal, con la ayuda de parientes y amigos de la caballería portuguesa, y recorre el trayecto Tui-Pontevedra-Padrón-Santiago, encontrándose con Fonseca y Pimentel cerca de Santiago de Compostela, cuya conquista era un blanco esencial de los contrarrevolucionarios. El segundo ejército lo conduce el arzobispo Fonseca desde Salamanca, acompañado de Juan Pimentel, hermano del Conde de Benavente, así como de Pedro Vega y  otros caballeros de dicha ciudad; juntándose Pedro Alvarez con ellos en Balmalige, en las proximidades de Santiago. El tercer ejército lo introduce desde Castilla, donde también había encontrado refuerzos, el Conde de Lemos, que avanza desde Ponferrada hasta Monforte, viniendo con él Pedro Pardo de Cela, caballero  que pasando el tiempo, en 1483, será ajusticiado por los enviados  de los Reyes Católicos.

La iniciativa militar más importante es quizá la que protagoniza Pedro Alvarez de Soutomaior, el caballero gallego que más sobresale en la guerra anti-irmandiña, hazaña que suscita su ensalzamiento por parte de Vasco de Aponte.

Portugueses, castellanos y gallegos que vivían con sus señores en el destierro o bien que se unen a ellos al producirse la invasión y obtener ésta sus primeros resultados, componen por tanto los ejércitos de la reacción señorial en 1469.

¿Quién pago el reclutamiento de los ejércitos contrarios a la hermandad de Galicia? La pregunta no es ociosa, sabemos que los señores gallegos llevaban por lo regular dos años sin cobrar sus rentas y despojados de sus propiedades en el reino de Galicia. A Pedro Madruga, casado en el exilio portugués, fue su suegro, el caballero portugués Alvaro Pérez de Távora, quien "le dio mucha dote y más le ayudó con mucha gente de caballo e de pie para tomar todas estas tierras de Galizia, pagados a su costa por mucho tiempo", conforme nos informa el hijo de Don Pedro, Diego de Soutomaior. El arzobispo de Santiago, Alonso de Fonseca, para organizar su ejército "bendiera el patrimonio de su padre Diego de Azevedo". Y el Conde de Lemos, Pedro Alvarez Osorio, empeña su plata, a varios judíos de León, para reclutar las tropas con que ataca a las hermandades en el Bierzo y en Lugo. Es la disposición de patrimonio Alfonso II de Castillay de familiares fuera de Galicia, en Portugal y en Castilla, lo que permite a determinados linajes jugar un papel clave en la organización de la reacción anti-irmandiña.

La batalla de Balmalige, lugar cercano a Santiago, decidió probablemente el curso de la guerra al lograr las tropas de Pedro Madruga, Fonseca y Pimentel poner de ahí en adelante a la Santa Irmandade a la defensiva. La derrota de la hermandad fue debida a la audacia de Pedro Alvarez de Soutomaior, quién acometió sorpresivamente al capitán irmandiño Pedro Osorio y a sus 10.000 irmandiños, sin esperar a que éstos recibieran refuerzos de otras partes de Galicia, según relata Aponte. El arzobispo Fonseca puso a continuación un largo cerco a la irmandiña ciudad de Santiago; Juan Pimentel se dirigió a Lugo para "destruir" allí la hermandad; y Pedro Alvarez de Soutomaior se reune con Fernán Pérez y Diego de Andrade, Gómez Pérez das Mariñas, Sancho de Ulloa y Lope Sánchez de Moscoso, para todos juntos pelear con la hermandad de sus ex-vasallos al objeto de recuperar sus tierras y restaurar plenamente las relaciones feudales.

Podemos decir que la derrota irmandiña de Balmalige supone el fin de los irmandiños como poder gallego, como Santa Irmandade del Reino de Galicia, que no vuelve a realizar Xuntas generales. De ahora en adelante, la lucha entablada entre la gente de la hermandad y los antiguos señores de Galicia, que se prolonga hasta 1472, tendrá lugar en el ámbito de cada localidad o jurisdicción, utilizando los caballeros la táctica de ayudarse militarmente unos a otros, que habían visto dos años antes emplear exitosamente a sus vasallos. En opinión de Aponte (otras fuentes nos informan de una resistencia estuvo mucho más extendida), los "villanos revelados" más difíciles de sojuzgar y reducir fueron los de Andrade "que se los tenía tomados Alonso de Lançós, un muy esforçado cavallero". En la mentalidad de los caballeros feudales no entraba que campesinos y ciudadanos hubieran vivido los dos años de Santa Irmandade con justicia, sin fortaleza, sin ser de un señor, consideraban en consecuencia que los caballeros que ejercían de capitanes irmandiños habían sido sus señores; los testimonios nobiliarios enfocan por ello, a veces, la guerra de 1469-1472 como una pugna más entre caballeros por la posesión de tierra y vasallos, realzando el rol de los caballeros que estaban con la hermandad. Algunos como Lope Sánchez de Moscoso, Conde de Altamira, o Diego de Lemos, se pasan con armas y bagajes, uno antes y otro después, al bando señorial, otros como el mismísimo Fonseca recorren el mismo camino en la dirección contraria, alterando grandemente la relación de fuerzas en el preciso momento en que correspondía vencer y escarmentar para siempre a los osados y desobedientes vasallos rebeldes.

De victoria en derrota

Los ejércitos señoriales ganan las batallas en campo abierto pero fracasan ante las ciudades y villas amuralladas que continúan largo tiempo en poder de la hermandad. Las ingentes dificultades para retomar el control de sus jurisdicciones, junto con la tendencia secular de la clase señorial gallega de pelear entre sí, hacen renacer la guerra y la división entre los nobles en el momento que más necesitaban la unidad para ultimar la reconquista de sus vasallos y bienes. Todo ello en beneficio de las hermandades que dilatan así su existencia renovando la resistencia de los concejos al sector duro de la caballería bajomedieval gallega.

El 3 de noviembre de 1470 se unen ocho grandes caballeros contra el arzobispo Fonseca, la marquesa de Astorga (cuñada del capitán irmandiño Pedro Osorio) y las hermandades, acusando a Fonseca, que da un giro de 180º y pacta en Santiago con la hermandad, de Guerras Irmandiñasdesmemoriado y de haber "comenzado nuevamente levantarlos [a los pueblos] en hermandad para los destruir e ocupar las casas e fasiendas de los sobredichos caballeros y fidalgos". El juramento hecho por el Conde de Lemos, Juan de Zúñiga, Sancho de Ulloa, Pedro Alvarez de Soutomaior, López Sánchez de Moscoso, Diego de Andrade, Sueiro Gómez de Soutomaior y Diego de Lemos, entraña socorrerse mutuamente en caso de que el arzobispo y la hermandad les tomasen sus tierras, actitud harto defensiva a más de un año de la victoria señorial de Balmalige. El 20 de febrero de 1471 el problema sigue: en el monasterio de Carboeiro, la mencionados caballeros, salvo los dos primeros, renuevan su confederación contra las hermandades y el arzobispo Fonseca -ahora, en este orden- "para nos conservar en nuestras honrras y estados, y nos ayudar", esta vez junto con el representante del corregidor real Juan de Pareja, de quien solicitan 100 hombres a caballo a cambio de entregarle "algúm logar de nosos contrarios" cuando se lograra reconquistar. Los nobles confederados tienen pronto que atender un segundo frente: ayudar en Ourense al Conde de Benavente y a Juan Pimentel a tomar la Iglesia-fortaleza defendida por el Conde de Lemos con el apoyo de los vecinos, cosa que consiguen en enero de 1472, pactándose entre ambas partes las condiciones de la rendición. Dos fracturas obstaculizan pues la unidad señorial en la Galicia post-irmandiña: el arzobispo Fonseca contra los caballeros de la Tierra de Santiago por un lado, y el Conde de Lemos contra el Conde de Benavente por el otro.

Guerra Irmandiña
El irmandiño Pedro de Osorio se enfrentó a los señores en la batalla de la Almáciga, huyendo y siendo sus fuerzas masacradas. Poco después caía Santiago de Compostela.

A lo largo de la década de los 70 la relación de fuerzas en Galicia entre señores y vasallos está sujeta a un equilibrio inestable que impide a los caballeros consolidar posiciones e imponer después mayoritariamente la reedificación de las fortalezas. A partir de 1475, merced a la guerra entre Castilla y Portugal por la Corona de Castilla, se recrudece la guerra interna de la nobleza gallega, polarizada de nuevo entre Pedro Alvarez de Soutomaior, cabeza del bando portugués, y el arzobispo Fonseca (apoyado por no pocos antiguos irmandiños) por los Reyes Católicos: la derrota final de Pedro Madruga asestará un duro golpe a los halcones de 1469. El de Soutomaior ya no estará entre los seis grandes caballeros que reorganizan, "desechadas todas enemistades", la liga nobiliar gallega en octubre de 1477 para ayudarse militarmente contra los vasallos que "se levantaren en voz de hemandad contra el señor": en las Cortes de Madrigal de 1476 se había acordado levantar nuevas hermandades en los reinos de Castilla y León. Por fin, desde 1480, la balanza se inclina de nuevo en favor de los populares y de las fuerzas sociales, la Iglesia gallega en primer lugar, que habían apoyado en mayor o menor grado a la Santa Irmandade. El nuevo gobernador real, Fernando de Acuña, derriba decenas de fortalezas que había sido Guerras Irmandiñasreedificadas en la década anterior, movilizando para ello milicias armadas de vasallos, a la manera irmandiña. Los nobles feudales gallegos, atenazados por unos vasallos en conflicto constante con ellos y por unos Reyes Católicos que buscan imponer en Galicia la autoridad del nuevo Estado, sufren un segundo destierro, esta vez  dorado para la mayor parte de ellos: los grandes caballeros pierden definitivamente el poder en el reino de Galicia, que pasa en algunos aspectos importantes a la Audiencia y a la Junta de Galicia, se convierten en cortesanos, integrándose los más en la aristocracia castellana. El modo del cambio, desde arriba, es bien distinto al de 1467: no es lo mismo que los señores huyan perseguidos por suss vasallos armados que tengan que marchar a Castilla obedeciendo una orden real de destierro. De una u otra forma, los vencedores de Balmalige son  veinte años después derrotados: los grandes señores fueron al final alejados de Galicia a la fuerza, mediando conflictos sociales o bélicos. A la larga, también los gorriones ganan a los halcones. Ahora bien, el triunfo final de quienes protagonizaron o apoyaron la revuelta de 1467, es posible porque la reacción señorial iniciada en 1469 es limitada, parcial; los señores se ven obligados a pactar, a perdonar, a no reprimir a los vasallos irmandiños que la tradición nobiliar denosta llamándoles de todo: "villanos, chusma, gente vil". Esta historia de cómo la Santa Irmandade vence después de que la suponemos muerta es desde luego otra historia, la otra parte de la historia de los irmandiños, lo que Vasco de Aponte no nos cuenta en esa excelente pero parcial, al igual que todas las demás, fuente histórica que es su nobiliario.

Ciudades en lucha

El resultado adverso alcanzado por la Santa Irmandade en las batallas campales de A Framela, Balmalige y Castro Gondían, se troca favorable en las ciudades. La destrucción de las fortalezas si bien resulta una medida correcta e inteligente desde el punto de vista social de los vasallos, sobre todo de los campesinos, no lo es militarmente, puesto que deja a los rebeldes sin fortificaciones para resistir la vuelta de  los ejércitos de la reacción nobiliar. Los irmandiños en 1469 disponían solamente de las murallas de los centros urbanos para guarecerse y defenderse, y las utilizan provechosamanente.

De siete semanas a un año, según los distintos testimonios, duró el cerco que puso el arzobispo Fonseca, aposentado en el convento de San Francisco, a la ciudad de Santiago, después del triunfo confederal en Balmalige. Asedio en el que hubo numerosos muertos y Isabel y Juana de Castillaheridos, y donde el propio Fonseca estuvo a punto de morir al ser herido por los irmandiños compostelanos en una pierna. Acepta por último el arzobispo jurar los usos y costumbres de la ciudad, que a su vez lo admite de nuevo como señor; entrando pues en Santiago según testigos mediante un "concierto" o "pato", que por extensión implica a todas las villas y lugares de la Tierra de Santiago, el señorío jurisdiccional más extenso e importante del reino de Galicia.

Ni Pedro Alvarez de Soutomaior cuando avanza desde Tui, ni el arzobispo Fonseca después de Balmalige logran tomar Pontevedra por la fuerza; sus vecinos se adhieren finalmente al pacto de Santiago entre la hermandad y Fonseca. Para vengar a dos escuderos que había ejecutado la hermandad de Pontevedra, Pedro Alvarez de Soutomaior cerca a un grupo de irmandiños pontevedreses entre los restos de la fortaleza de A Lanzada; cuando llega allí la gente de Pontevedra que Fonseca envía para socorrerlos, Pedro Madruga, junto con otros caballeros, ya habían tomado el castillo con bombardas matando a sus defensores. Los confederados, a pesar del pacto Fonseca-hermandades, prosiguen con la idea de derrotar a la Santa Irmandade.

Más de un año se mantuvo Pontedeume, rechazando los intentos de ocupación de su antiguo señor Fernán Pérez de Andrade, en manos de la nueva alianza hermandad-Fonseca. El capitán irmandiño Alonso de Lanzós, que defendía dicha villa, protagoniza otro acuerdo con Fonseca sobre Pontedeume. Las consecuencias militares y políticas del pacto Fonseca-hermandad pronto desbordan los límites del arzobispado alcanzando a toda Galicia: el 20 de febrero de 1471 la nueva alianza está en plena actividad y ocupa una parte de Galicia, pues los nobles laicos ratifican su confederación contra ella en Carboeiro.

Enrique IV, que por aquel tiempo confía en el Conde de Benavente -entre otros- para la gobernación de los reinos del Norte, desmiente Los Reyes Catolicossin embargo el 15 de mayo 1469, en plena ofensiva contra los irmandiños, que dicho Conde tuviera su autorización para apoderarse de A Coruña, ciudad realenga. Dos años, al menos, se mantiene A Coruña en manos de hermandad primero y de la alianza hermandad-Fonseca después. En Carboeiro, el 20 de febrero de 1471, los nobles confederados se plantean muy en concreto la tarea de desocupar A Coruña y su fortaleza, comisionando para ello a Pedro Madruga y  Diego de Lemos a ponerse de acuerdo con el corregidor Pareja; éste, el 24 de mayo de 1471, busca un entendimiento con Fonseca, prometiéndole que si A Coruña pasa a su poder quedaría bajo el mando de propio Alonso de Lanzós. El 13 de junio de 1471 tiene lugar la batalla de Altamira entre Fonseca y los confederados, participando en ella Alonso de Lanzós junto al arzobispo, nos informa Vasco de Aponte. La supervivencia militar de este capitán irmandiño es, sobre todo para los nobles contrarios, todo un símbolo de la imbatibilidad de la hermandad del 67.

Ante la contraofensiva de los señores contra la Santa Irmandade, Viveiro escribe (al igual que A Coruña) pidiendo ayuda, en 1469, a Enrique IV, que contesta el 15 de enero de 1470 amparando a dicha villa contra Pardo de Cela y otros caballeros, e indicando al concejo que si necesitasen ayuda se la prestasen Pedro Osorio y Diego de Lemos, capitanes de la hermandad. En 1474, el Mariscal Pardo de Cela consta ya como gobernador de la villa.

Pedro Alvarez Osorio, aun antes de ser Conde de Lemos, era  amigo y protector del concejo de Ourense. Entre junio y agosto de 1469, la ciudad de las Burgas -y también Allariz- llega a algún tipo de acuerdo con el Conde de Lemos, que pone la Iglesia-fortaleza a cargo del nuevo obispo Juan González de Deza: un viejo amigo del cabildo, del concejo y del rey Enrique IV. A finales de 1471 las tropas del Conde de Benavente y de Juan Pimentel, con apoyo confederal, asedian al de Lemos y a los orensanos en la Iglesia-fortaleza, Guerras Irmandiñasque acupan el 8 de enero de 1472, después de un pacto (matrimonial) entre los Condes de Lemos y de Benavente. Hasta el año 1472 no se puede decir que Ourense y Allariz conozcan realmente el sabor -muy atenuado como veremos- de la derrota del movimiento liberador de la gran hermandad.

El 18 de abril de 1469 tiene lugar en Lugo un acto significativo: el capitán irmandiño en esa provincia, Alonso de Lanzós, recibe en foro unas casas del cabildo  a condición de ser "en guarda et ben et defensón da dita iglesia"; está presente el alcalde de la ciudad. Al año siguiente, el hermano del Conde de Lemos, caballero éste que por aquellos lares representaba la reacción señorial, aparece como el nuevo obispo de Lugo. Con todo, la restauración del poder del Conde de Lemos en el obispado de Lugo, es contestada: en 1471, muere en Sarria, donde estaba combatiendo al dicho Conde de Lemos, el Marqués de Astorga, amigo de la Santa Irmandade de Galicia y hermano del capitán Pedro Osorio.

Todavía en 1474 se produce en el cabildo de Mondoñedo la sustitución de un canónigo que estaba de acuerdo con el capitán irmandiño Fernado Díaz Teixeiro en reconquistar la ciudad de Mondoñedo de las manos deL Mariscal Pedro Pardo de Cela, caballero cuyo protagonismo crece con la década de los 70 hasta llegar a ser uno de los seis nobles confederados en 1477 contra el virtual resugir de las hermandades en Galicia.

Concluyamos. De 1469 en adelante, durante dos o tres años, A Coruña, Santiago, Pontevedra, Viveiro, Pontedeume, Ourense, Allariz, Lugo, y otros centros urbanos, resisten éxitosamente la controfensiva señorial ora buscando el apoyo real, ora pactando con unos señores contra otros señores. Desde 1469 el protagonismo de la nobleza tiende a desplazar al protagonismo popular, incluso en el bloque irmandiño, en cuyo interior se detecta desde principios de dicho año  cierta reacción señorial que anuncia la posterior tentativa armada  externa de restauración señorial. De hecho los testimonios orales y documentales que manejamos no siempre establecen una relación directa de la Santa Irmandade 1467-1469 con las luchas entre 1469 y 1472 de los vasallos contra los esfuerzos de sus antiguos señores por volver a la situación pre-irmandiña.

Guerra Irmandiña
Tropas de Alonso de Lanzós, quien operó en la zona de Betanzos, Pontedeume, Mondoñedo ... El principal enemigo de Alonso de Lanzós era Fernán Pérez de Andrade, en cuyas manos acabó su vida, ya que hacia el final de la contienda, cuando las tropas irmandiñas ya habían sido derrotadas, fue hecho prisionero por éste y mandado ajusticiar, colgándolo de una de las almenas de su castillo.

Final sin castigo  

El arzobispo Fonseca no sólo perdonó a quienes le desposeyeron de sus bienes, echaron de Galicia y pusieron al borde de la muerte, además pactó con ellos, se hizo amigo de Alonso de Lanzós y dejó sin reconstruir las fortalezas del arzobispado, por cuya causa (en 1526) Tabera le puso el famoso pleito, que conocemos como pleito Tabera-Fonseca, en cuyas pruebas orales los representantes del hijo del viejo Fonseca dieron la palabra a los irmandiños sobrevivientes.

Sin llegar tan lejos como Fonseca, los señores laicos también se vieron obligados, de uno u otro modo, a perdonar a unos vasallos Fortaleza de Monterrey, Ourenseque después de haberse sublevado masivamente, se resistían pertinazmente a que las cosas retornaran a ser como antes de la Santa Irmandade, que entre otras cosas había producido cambios profundos en las mentalidades de sus protagonistas. En 1472, cuando los Pimentel, halcones ellos, acuerdan con el Conde de Lemos la rendición de la Iglesia-fortaleza de Ourense y la entrega de Allariz, suscriben lo siguiente: "perdonamos a los que biven en la dicha villa e tierra d'Allaris  todos los yerros pasados asy fechos en el tiempo de la hermandad commo en los que han cometido contra mi, el dicho conde de Benavente e don Iohan, mi hermano después"; perdonan pues la revuelta irmandiña y la negativa de los vecinos entre 1469 y 1472 a admitir a sus antiguos señores. Lo mismo hace el Conde de Lemos con los vecinos de Caldelas y de la comarca de Trives, jurisdicciones que los Pimentel le devuelven a tenor del mencionado contrato.

Cuando el Conde de Lemos recobra Monforte y la comarca de Lemos, se encuentra conque  huyen de la tierra los hombres más comprometidos con la revuelta irmadiña, volviendo a ella una vez que el señor de Lemos les asegura que no tomará represalías, desoyendo al respecto el consejo de Pardo de Cela que le anima a  que "ynchiese los carballos de los dichos vasallos", contestándole el Conde "que no quería, que no se abía de mantener de los carballos". Testimonio que nos ilustra cómo en el campo tampoco fue posible la represión que se podía esperar de unos señores feudales que en sus guerras particulares se mostraban particularmente belicosos e incluso crueles; Aponte y Gándara no habrían callado un castigo ejemplar que los nobles hubieran hecho en los "villanos rebelados", fuera claro está de los muertos y heridos habidos en los enfrentamientos militares entre la hermandad y los confederados.

No obstante, hubo casos aislados de represión como el del escudero dirigente de la hermandad de Ponferrada, Alvaro Sánchez de Arganza: el Conde de Lemos lo hace ajusticiar a la saeta, requisando sus bienes, que hasta 1493 no son recuperados por sus fortaleza de Monforte de Lemosherederos. En el tiempo de las reedificaciones se incrementarán los actos represivos de determinados caballeros, resultando una circunstancia agravante haber detentado un cargo irmandiño si luego había habido resistencia a las reedificaciones. A falta de un escarmiento colectivo en el momento mismo de la recuperación de sus señoríos, la represalia anti-irmandiña por excelencia que intentan poner en práctica algunos caballeros es forzar en los años 70 a los vasallos a reconstruir las fortalezas derribadas en 1467.

Si el hecho de la escasa represión, sobre todo atendiendo a las extraordinarias proporciones de la rebelión vasallática, es un éxito de los irmandiños, lo es más todavía que la mayoría de las fortalezas abatidas en 1467 bien no hayan sido reconstruidas nunca bien hayan sufrido un segundo y definitivo derrocamiento en los años 80, perdiendo por último, paulatinamente, las que quedaron en pie su función social coactiva.

La caída de las fortalezas señoriales es tal vez el objetivo más claro y explícito de la revuelta gallega de los irmandiños, que dicha meta haya sido alcanzada tan plenamente a largo plazo es prueba evidente de la victoria de una revuelta que va a decidir la transición de la Galicia de las fortalezas y de la nobleza feudal (siglo XV) a la Galicia de los pazos y de la hidalguía de aldea (siglo XVI): toda una revolución social.

Fuente: http://www.h-debate.com/cbarros/spanish/revuelta.htm (Carlos Barros, Universidad de Santiago de Compostela); imágenes Google y aportaciones propias.

Enlace: Revuelta de los irmandiños. Los gorri...

BIBLIOGRAFIA

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_________________________, Las fortalezas de la Mitra compostelana y los "irmandiños". Pleito Tabera-Fonseca, 2 vol., Pontevedra, Fundación Barrié de la Maza, 1984

Benito VICETTO, Historia de Galicia, tomo VI, Lugo, Alvarellos, 1979


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Publicado por Fransaval @ 1:38
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