Viernes, 31 de julio de 2015

Por: Carlos Barros Universidad de Santiago de Compostela Publicado en

"Hace 548 años el pueblo se levantó contra la opresión de los señores feudales, ahora se organiza para acabar con el poder de los lobies económicos y los gobiernos serviles", Fransaval. 
"Hace aflorar el sentimiento colectivo de agravio acumulado durante largos años por los vasallos, campesinos y ciudadanos, contra los señores gallegos que habían transformado las innumerables fortalezas en nidos de malhechores", Carlos Barros. ¿A qué les suena?

Primer Reino de Galicia

El antiguo reino de Galicia perduró a lo largo de 1400 años, siendo el primer reino de Europa desde el siglo V. La Edad Media fue una época de gran esplendor para el País. Abarcaba desde el río Duero, hasta Cantabria y León. Era el reino gallego de la época sueva.

Los irmandiños gobernaron el reino de Galicia entre 1467 y 1469: es la única vez en la historia de Galicia que la gente común protagoniza, en grado remarcarble, un acontecimiento al fin y a la postre victorioso. Estas características, protagonismo campesino-popular y resultados positivos, definen como extraordinarios de los sucesos de 1467-1469.

Nada fue igual en Galicia tras el paso del huracán irmandiño. El historiador Benito Vicetto, descubridor de la importancia histórica del levantamiento gallego de 1467, lo caracteriza, en 1872, como "la epopeya más grande y admirable que registran en sus anales todos los antiguos reinos de la antigua Iberia", y desde luego no le falta razón, incluso contando con la exageración que encierra la frase, fruto del entusiasmo personal de nuestro romántico liberal. La realidad es que la revolución irmandiña es una de las revueltas sociales que mejor expresan en Europa la crisis del mundo medieval y el origen de la modernidad; seguramente, la primera revuelta popular en cuanto a posibilidad de disponer documentalmente del punto de vista de sus actores.

¿Por que estalla en la primavera de 1467 la insurrección gallega de la gente común? Los de abajo, dicen ellos mismos, "no podían Revuelta Irmandiñaresistir" los agravios y las violencias y los tributos de los señores de las fortalezas; los de arriba, con evidencia, no podían seguir gobernando de la misma manera que en el pasado.

Hay que decir que la anarquía nobiliar es anterior al levantamiento general de los vasallos contra sus señores. Resulta incuestionable la incapacidad histórica de la nobleza gallega, a finales de la Edad Media, para gobernar el reino y ejercer su dominio social sin  una violencia física desmesurada, respetando costumbres  y leyes, esto es, conservando el respeto de sus vasallos, el apoyo de la Iglesia, y, sobre todo, la unidad de la clase señorial gallega y el amparo de la monarquía castellana. La revolución irmandiña es la consecuencia del fracaso irreversible de una clase dirigente.

La prolongada y brutal ofensiva, desde 1369, de la nueva aristocracia trastamarista por hacerse con el poder social en Galicia encuentra pues, cumplidamente, la horma de su zapato con los irmandiños. La derrota moral, social y militar de 1467 supone sin ninguna duda el principio del fin de la nobleza feudal en Galicia, y, en definitiva, la entrada en la Edad Moderna, época de grandes luces pero también, hay que decirlo, de negras sombras para los gallegos.

¿Por qué las tensiones sociales acumuladas, a lo largo del conflictivo siglo XV gallego, estallan precisamente en la primavera irmandiña de 1467? Desde 1465 se produce cierto vacio de poder en la Corona de Castilla y León, como consecuencia de la guerra civil entre Enrique IV y  Alfonso XII, debilitadora del poder real en ambos bandos. Vacio  que la formación de la Santa Irmandade llena de inmensas ilusiones en un pronto cambio de unas relaciones sociales marcadas por los abusos de los señores laicos. Los abusos señoriales se habían convertido en Galicia, a mediados del siglo XV, en usos y costumbres.

El reino de Galicia siguió siendo fiel a Enrique IV, en concreto las ciudades y los obispos, no así los grandes señores -no todos- como el Conde de Benavente y Juan Pimentel, el Conde de Santa Marta y Juan de Zúñiga, el arzobispo de Santiago Alonso de Fonseca, el Conde de Lemos o Fernán Pérez de Andrade, que entre 1465 y 1467 militan de forma más o menos consecuente y activa en el bando del príncipe Alfonso. La Galicia popular, leal a Enrique IV, no tardará en pasar la factura antiseñorial, confundiendo sus intereses sociales con los intereses políticos, más coyunturales, del rey y su Corte de domeñar a la nobleza rebelde.

La demanda

Mientras la nobleza gallega se divorcia del rey legítimo, alineándose con la rebelde nobleza castellana, arrecian las peticiones de hermandades para Galicia por parte de los más importantes concejos urbanos a fin de salvaguardar la justicia, la paz y la seguridad del reino, frente a los señores y sus fortalezas. Santiago, Betanzos, Pontevedra, A Coruña, Ourense, Lugo y Ferrol, bien por grupos bien separadamemte, solicitan urgente y repetidamente al rey consentimiento  para la formación en el reino de Galicia de la hermandad que ya venía funcionando en Castilla y León desde finales de 1464. Las ciudades no obtienen resultado alguno hasta 1467; pesaba indudablemente en Enrique IV el temor a que la institución de las milicias populares entrañase la decantación definitiva en favor de Don Alfonso de caballeros poderosos  y oscilantes como el Conde de Lemos, el Conde de Santa Marta o Juan de Zúñiga, y aún que tal medida en favor de los vasallos molestase incluso a los señores gallegos que eran de su bando.

Guerra Irmandiña
La Edad Media transforma a Galicia y cabalgan sobre su piel  señores feudales, de nobleza conquistada, absolutos dueños de provincias enteras. Son los Andrade, los Lemos, Pedro Madruga, los Altamira, los Trastámara… Se dedican a la caza, especialmente del jabalí. Y a la guerra.

Todo indica que la demanda gallega de la hermandad más efectiva parte de Betanzos y tiene como lider al notario Joan Branco, después diputado y capitán general irmandiño. Betanzos,  conjuntamente con A Coruña, Pontedeume, Ferrol y As Mariñas, acaba logrando la carta de Enrique IV para la constitución de la Santa Irmandade del reino de Galicia, que después será pregonada en plazas y calles. Ya en mayo de 1465, nuestro Joan Branco aparece representando a Betanzos y a Galicia en las Cortes de Salamanca, junto con las restantes ciudades partidarias de Enrique IV, quien al mes siguiente hace ciudad a la villa de Betanzos, le devuelve el voto en Cortes y le otorga la condición realenga: "ESTA CIBDAD ES DE LAS DEL REI", hacen grabar a continuación los betanceiros en la puerta de la ciudad. Enrique IV antes de su muerte reconoce el protagonismo irmandiño de Betanzos y agradece a dicha ciudad, concediéndole una feria franca mensual, "el levantamiento y hermandad que fecistes con las otras ciudades, villas y lugares y fortalezas del mi Reino de Galicia de que fuistes causa y principio, por servicio mío, teniendo mi voz".

Hermandad tenemos

La llegada a Galicia de la hermandad que aprueba y ordena Enrique IV es como la chispa que incendia la yerba seca.

La revuelta IrmandiñaEl paisaje medieval gallego estába dominado por el Castro, que es el origen de la vida organizada, cuando estaba solo habitada por las tribus galaicas. Sobre los castros se elevaron las torres, fortalezas y castillos medievales y, a la sombra de estos, nacieron las pequeñas leiras, las parcelas de la tierra cultivada que hacen posible la vida campesina.

La hermandad que vino de Castilla es el gran aguijón que hace aflorar el sentimiento colectivo de agravio acumulado durante largos años por los vasallos, campesinos y ciudadanos, contra los señores gallegos que habían transformado las innumerables fortalezas en nidos de malhechores, y que habían extremado en el siglo XV, por la vía de la coerción y de la ocupación de los tradicionales señoríos eclesiásticios, los tributos y derechos señoriales hasta el punto de poder hablar, con todo rigor, de una segunda feudalización de Galicia.

La venida de la Santa Hermandad proveía a  los populares de la razón legal, de la organización y de la unidad, que precisaban para liberarse del miedo colectivo ejerciendo masivamente, con posibilidades de éxito, el derecho de resistencia a la tiranía, convirtiendo en definitiva el sentimiento oculto de agravio en una gran fuerza social justiciera.

El apoyo del rey a la formación de la Santa Irmandade del reino de Galicia fomenta la libre participación e iniciativa popular, La revuelta Irmandiñaprecisamente por su carácter más simbólico que material. La fuerza de los corregidores castellanos enviados por el rey Enrique y su Corte, acompañados de gente a pie y a caballo según algunos testigos, consiste sobre todo en una presencia simbólica, representando al rey, en los actos constituyentes irmandiños. La nueva hermandad terminará por organizar vastos ejercitos populares muy superiores en número a la gente de armas que pudo haber mandado el rey de Castilla, conocedor a posteriori de los hechos revolucionarios de los irmandiños.

 La representación imaginaria del poder real que más eficazmente remueve al comienzo las mentalidades colectivas es la primera carta de Enrique IV estableciendo la hermandad justiciera gallega, cuyo contenido permanece en la memoria popular al ser pregonada "en todas las villas y lugares del Reino de Galizia". Rememora un viejo campesino irmandiño: "el dicho rey mandava sus provisiones al dicho Reino de Galiçia para que la gente común del dicho Reino se juntasen e fiziesen en hermandad y tomasen y derrocasen las fortalezas". Los más calificados dirigentes urbanos y rurales de la Santa Irmandade poseerán copias de los documentos reales autorizando la revuelta, especialmente de la segunda carta autorizando explícitamente los derrocamientos en curso.

Los alcaldes irmandiños asumen su poder, simbolizado en las varas de justicia también llamadas varas de hermandad, como delegados del rey. Algunos testimonios ven en los corregidores los mediadores que trasmiten autoridad a la nueva institución para hacer justicia: "viniera un corregidor...el qual por mandado del dicho rey fiziera juntar la dicha gente común en la dicha hermandad e fiziera alcaldes en ella y les dio baras de justiçia para que castigasen los malfechores e para que derrocasen las fortalezas del dicho Reino". "Hermandad tenemos", declara un testigo presencial que oyó decir en 1467 a dos alcaldes irmandiños del Salnés que volvían de donde estaba un corregidor real que les había dado varas de justicia, el atributo del poder. Naturalmente, no quiere ésto decir que dicha relación se diesen directamente en todos los actos fundadores de las hermandades locales, que pronto se organizan y actuan por su cuenta. La presencia de representantes reales deja de ser objeto de mención especial conforme la gran hermandad se extiende, la iniciativa pasa a la gente común y la revuelta se radicaliza.

La Guerra Irmandiña
Los monasterios eran los centros culturales medievales de Galicia. Los Irmandiños fuerzan la decadencia feudal. A su revolución se debe la destrucción de las fortalezas, desde las que se cometían todo tipo de atropellos contra los indefensos marineros y campesinos…

La elección de los alcaldes, diputados y cuadrilleros de la Santa Irmandade tiene lugar en grandes asambleas, que se comienzan lógicamente con la lectura pública de "çierta provisión y mandado del rey", como la celebrada en el alto de Santa Susana de Santiago, donde se reunen para oir y decidir conjuntamente los vecinos de la ciudad y los campesinos de las tierras de Barcala, Altamira y Cordero. Al mismo tiempo que el común de las ciudades, entran en la escena los campesinos de los alrededores de las ciudades, movilizándose finalmente las parroquias rurales de todo el reino, la mayoría de los gallegos. A medida que el protagonismo se amplía por la base y se derrama por Galicia entera, el movimiento irmandiño se hace más espontáneo, menos político y más social, esto es, directamente antifortaleza y antiseñorial.

Y el reino se asosegó

La eficacia de la hermandad gallega ejecutando "grandes justicias" fue inmediata y extraordinaria; ello le dió de entrada a los irmandiños un formidable prestigio entre la población y aun ante las instituciones oficiales.

El cronista Alonso de Palencia destaca, respecto del resto de las hermandades de Castilla y León, la ejemplaridad de la actuación justiciera irmandiña: "En corto tiempo los gallegos no sólo arrancaron de las selvas a los facinerosos y los arrastraron al patíbulo, sino que se apoderaron de fortalezas tenidas por inexpugnables". Problema éste de hacer valer la justicia nada fácil de resolver: detrás de los "facinerosos" estaba la nobleza gallega, cuando no eran los propios caballeros quienes perpetraban los delitos. No sólo el siempre lejano y ahora debilitado poder real  resultaba impotente para hacer respetar el derecho en Galicia, tampoco la eficacia de la justicia ciudadana  era capaz de garantizar la seguridad y la paz, en el mejor de los casos, más allá de las murallas de las urbes, o sea, en la mayor parte del reino. En el País Vasco, por ejemplo, pese  a la visita de Enrique IV en 1457 la hermandad no había logrado, hacia 1463, el castigo de los malhechores y el mantenimiento del orden público. Siendo si acaso más notorio el fracaso de la hermandades medievales en el reino de Aragón, que dice un historiador no supieron suplir la incompetencia de los oficiales reales y pacificar el país, asolado por las banderías y los bandoleros, sobre todo en el siglo XV. La justicia ejemplar practicada de 1467 a 1469  por la hermandad popular gallega antecede a la acción posterior de la monarquía: recordará, enseñará y facilitará  al futuro Estado el camino a seguir para ganar el aplauso de la población, en Galicia, pero también en el conjunto de los reinos unificados de las Coronas de Castilla y Aragón.

En Galicia tendrá gran repercusión el llamamiento de la Junta de Fuensalida de la hermandad general de Castilla y León de remitir a la siguiente la Junta en Medina, que se celebra  durante el mes de abril de 1467, memoriales de agravios que pronto adoptan un inequívoco tinte antiseñorial y milenarista. Listas de agravios nos traen a la memoria, salvando las obvias distancias de tiempo y lugar, los cahiers de doléances de la primavera de 1789 que anuncian y preparan la Revolución Francesa. Los campesinos orensanos de Sande y los pescadores de Vilanova de Arousa, por ejemplo, sin estar presente más autoridad que los alcaldes locales irmandiños, redactan sendos cuadernos de agravios contra el Conde de Benavente y Juan Pimentel, y contra el arzobispo de Santiago y Suero Gómez de Soutomaior, respectivamente, planteando reivindicaciones muy centradas en el carácter abusivo y agraviante de las rentas señoriales.

La revuelta Irmandiña
La integración de Asturias en el reino de Galicia se produce entre el reinado de Alfonso I y el de Ramiro I, ya en el siglo IX. Uno de los aspectos determinantes para la consolidación del reino fue la noticia del descubrimiento del sepulcro del apóstol en el monte Libredón y el papel que desempeñan las sedes episcopales y los monasterios.

Y también la Iglesia gallega se hace representar ante los diputados de la Junta de Medina en demanda de justicia: el monasterio de Celanova consigue en dicha Junta un mandamiento escrito al objeto de que le sea devuelto el coto de Rabal, que "o señor conde e condesa de Santa Marta lles avía tomado e ocupado por força", y a renglón seguido, el 10 de junio, el alcalde de la Santa Irmandade del Val de Celanova cumple el acuerdo de Medina y da posesión al abad del mencionado coto que "perteçía de dereyto ao dito mosteyro de Celanova".

El rasgo predominante de la actividad irmandiña en vísperas del asalto general a las fortalezas, en la fase por consiguiente de formación de la Santa Irmandade, será en efecto la reparación de daños y agravios, el ejercicio de la justicia ordinaria por parte de unos jueces extraordinarios: los alcaldes de la hermandad, quienes poseían las varas de justicia, sin duda los cargos dirigentes más numerosos  y con más poder decisorio, civil, de la hermandad y de la revuelta antiseñorial que siguió. En aquellos tiempos administrar Escudo del Reino de Galiciajusticia era igual que gobernar: quien tenía la justicia tenía el poder. Y los recién nombrados dirigentes irmandiños, al margen del envío particular de escritos reivindicativos a Medina y sin esperar los resultados de dicha Junta, se afanan por hacer por fin justicia, sin esperar órdenes superiores, ya que es la primera y fundamental tarea de las nuevas autoridades pues "por quitar las muertes y robos que se hazían" se había levantado la gran hermandad.

Joan Branco es recordado sesenta años después por haber encargado a dos hombres de la hermandad la investigación de un pequeño hurto. Pero lo que fundamenta la celebridad justiciera de la hermandad -antes del derrocamiento de las fortalezas, claro está- es el ajusticiamiento de malhechores: "los alcaldes de la dicha hermandad azían justiçias e asaeteaban e quando justiçiaban alguno dezían e sonaban el pregón que aquello mandaban el rey e la sancta hermandad". Era típico de las hermandades el ajusticiamiento por saeta, atravesando con flechas el cuerpo del reo. Procedimiento sumario que aplican los irmandiños en la fase de acumulación de agravios para castigar a afamados malhechores, y también para reprender pequeños hurtos y aún reprimir cualquier desobediencia marginal a la Santa Irmandade, según algún testimonio. La ejecución de la  pena de muerte tenía como finalidad inmediata dar crédito y popularidad al nuevo poder, y asustar a los delincuentes que hasta ese momento campaban por sus respetos en el reino de Galicia.

Los ejecutados venían a ser malhechores comunes, y escuderos y otros servidores de las fortalezas señoriales; los caballeros que son gravemente inculpados como bandoleros por la opinión popular no van a ser castigados en sus personas por la rígida justicia irmandiña, aunque incuestionablemente hubieron de sentirse afectados y hasta temerosos de la dureza justiciera de la emergente hermandad popular. Ni las fuentes históricas contrarias ni menos aún las favorables informan que los irmandiños hubiesen ajusticiado entre 1467 y 1469 a alguno de los caballeros cuyas actividades malhechoras denuncian los populares, a menudo agriamente, como causa y justificación de la revuelta. Una peculiaridad notable de la revolución irmandiña es, en suma, la ausencia de venganzas personales de los vasallos contra sus derrotados señores, fuera de los caidos en los enfrentamientos propiamente militares: la violencia física de los sublevados se focalizó en las fortalezas de los señores; lo que también ayuda a que el final de la revuelta sea prácticamente sin represión.

La elección del objetivo material de la rebelión de los vasallos gallegos prueba su inteligencia colectiva: una vez derrumbados los castillos y las torres de los caballeros, "dicho Reino se asosegó", proclama un testigo presencial, zapatero de Betanzos.

Prueba de que la paz volvió a Galicia bajo el poder irmandiño es que el cabildo de Santiago puede, en 1468, plantearse tranquilamente la reparación de los desperfectos que había sufrido la catedral durante las guerras pre-irmandiñas. En ese mismo año se lamentan dichos canónigos compostelanos de que la justicia seglar, celosa en exceso, sustituía a la justicia eclesiástica y llevaba presos a la cárcel del concejo a los clérigos que delinquían. No desciende pues el interés y la atención de la hermandad, más bien sucede lo contrario, por mantener el respeto y la vigencia del derecho y de la justicia, después del triunfo del levantamiento armado de la primavera de 1467. El ambiente justiciero impregna de tal modo la vida social bajo el poder irmandiño que se dan casos como el que sigue: el 24 de enero de 1469 llegan a un acuerdo arbitral (por medio de hombres-buenos), mercaderes de Santiago y vecinos de la tierra de Montaos, compromentiéndose éstos a pagar a los ciudadanos las mercancias que les habían robado por orden del caballero Alvaro Pérez de Moscoso, a cambio de que los primeros les perdonasen la injuria; el hecho de que ya se esté fraguando la reacción señorial interna no invalida ni neutraliza un logro irmandiño que va afectar perdurablemente las mentalidades: el deseo colectivo vivir seguros, en paz y con arreglo a una justicia entendida, en el umbral de la Edad Moderna, como incompatible con la hegemonía de los grandes caballeros y de las fortalezas feudales.

Escudo primer Reino de Galicia
GALLAECIAE REGNUM (409-1833) este lema estaba incluido en el escudo del Reino de Galicia, que fue el primer reino europeo independiente de Roma.

Todos a una

Los testigos emplean a menudo el lema "todos a una" para describir cómo se produjo el asalto a las fortalezas y la confrontación militar con los caballeros recalcitrantes; expresión muy de la época que explica al fin y al cabo el éxito de la insurrección popular. Unidad y solidaridad son conceptos que están muy presentes entre los protagonistas irmandiños, al igual que sucede en cualquier otra revuelta o revolución de raíz popular, en especial cuando pasan por sus etapas ascendentes. Frente a la desunión de los señores de Galicia que se robaban y saqueaban los unos a los otros, a los "tiempos rotos" preirmandiños como sinómimo de tiempos de guerras, robos y violencias: los rebeldes ofrecían y practicaban la unidad de la hermandad, la unidad de los pueblos y de la gente común, la unidad del reino contra las fortalezas. Los testigos subrayan a menudo el hecho de que "andubieron juntos" como una característica básica del movimiento irmandiño, intimamente relacionada con la vastedad de la participación de la población en él. Aspecto primordial del levantamiento social de 1467, que lo va a diferenciar de los habidos anteriormente, es por ello la solidaridad efectiva entre los campesinos y los ciudadanos, entre unas y otras hermandades y localidades del reino de Galicia: "la dicha hermandad se favoresçía con gente de otros lugares a otros y de otros a otros". Sobra decir la importancia militar que tuvo el hecho de la ayuda mutua entre los insurrectos de diferentes localidades y provincias. Una de las novedades históricas de la  sublevación de la hermandad de 1467 es, en una palabra, su carácter netamente gallego: el sujeto principal es el pueblo y los vasallos de Galicia, quienes actuando conjuntamente Reino de Galicia, las siete provinciascontra los señores, caballeros y prelados de Galicia, desarrollan su revolución en el ámbito geográfico y político del reino de Galicia, organizando un nuevo poder autónomo, las Xuntas da Santa Irmandade do Reino de Galicia, de las cuales procede como es lógico, desde el punto de vista histórico, la actual Xunta de Galicia.

La evidente intervención en 1467 de la gente común, esto es, de aquellos que políticamente estaban al margen de las instancias de poder y que socialmente pertenecían a los estamentos no privilegiados de la población, es un hecho histórico excepcional, ya dijimos que raramente sucede más de una vez en la historia de un pueblo, e implica un fuerte protagonismo de la multitud en la revuelta. La insistencia de los documentos en que "todos" los vasallos eran contra sus señores, y que el conjunto de la gente del reino intervino en la insumisión, que adoptó por ende un carácter "irresistible", según reconocen sus propios adversarios, resulta corroborada por los brillantes resultados militares de los irmandiños en 1467-1468.

Las cifras concretas proporcionadas por los testigos al representar los ejércitos irmandiños de la fase ascendente son sobradamente indicativas de la amplitud declarada de la participación popular, si bien no han de ser tomadas al pie de la letra: 80.000 hombres levantados en armas en toda Galicia, 30.000 persiguen al Conde de Lemos, de 10.000 a 12.000 en el arzobispado de Santiago, de 12.000 a 15.000 en la tierra de Lemos, de 5.000 a 6.000 en el ataque de la hermandad a Monforte.

Las tomaban por combate

El momento trascendental de la revuelta irmandiña es el paso, en abril de 1467, de la hermandad que hace justicia con los pequeños Pedro de Osorio, de los Irmandiñosmalhechores y se reduce a tomar bajo su control las fortalezas del reino, a la hermandad que derroca dichas fortalezas y se enfrenta militarmente a los grandes caballeros, armando para ello a campesinos y oficiales artesanos. Un vecino de aldea narra que estando en Santiago por causa de un pleito que tenía con un vecino, ante dos alcaldes de la Santa Irmandade, oyó un pregón irmandiño ordenando que "ninguno oiese pleito hasta que la Barrera fuese tomada y después oio dezir que la tomaran y derrocaran los dichos alcaldes y gente de la dicha hermandad". La fortaleza era colectivamente percibida en Galicia, a finales de la Edad Media, como la
fuente de los males y de los daños que sufría la gente, como el gran símbolo material del mal; lo que para sus propietarios y sectores afines era un exceso, el derrocamiento, para los campesinos y los vasallos y sectores afines -si excluir a oficiales reales- era un acto de justicia, el grado máximo de la acción de una justicia eficaz.

Del 22 de abril de 1467 data la primera noticia documentada, en Ourense, del inicio de la fase armada del levantamiento irmandiño. Primeramente, la hermandad local recibe un préstamo del concejo para pagar el traspaso del Castelo Ramiro a un hombre del caballero Alvaro de Soutomaior, que tenía usurpada la fortaleza episcopal más valiosa y peligrosa, que pasa de este modo a manos de los irmandiños. Después, parte de la hermandad de Ourense con su alcalde mayor Nuno Dousende a la cabeza, y la gente común, derroca dicha fortaleza con la ayuda de canónigos de la catedral. Posteriormente, en el mes de mayo, el sector moderado de la hermandad y del concejo, que ya el 20 de abril había defendido a Alvaro de Soutomaior y sus fortalezas frente a los irmandiños del obispado de Tui, se oponen ahora a los derrocamientos en marcha de las fortalezas del Ribeiro por parte de la hermandad y los campesinos de la zona. Los acontecimientos de la ciudad de Ourense, cuya hermandad aparece siempre más dividida entre radicales y moderados que la de otros lugares de Galicia, demuestran como la idea de echar abajo las fortalezas surge por la vía de los hechos consumados, por iniciativa del ala más antiseñorial del concejo y de la gente común, artesanos y campesinos, que en definitiva serán los que nutran mayoritariamente las unidades militares que echaran abajo los castillos medievales de Galicia. Imponiéndose finalmente la unidad de la hermandad, y del reino, alrededor de la idea más popular de derrocar todas las fortalezas, que resultó ser la solución más efectiva por mor de su propia radicalidad, porque iba a la raíz del problema eliminado para siempre la base material de la actividad delictiva y refeudalizadora de los señores y de sus mercenarios.

La Revuelta Irmandiña
Pese a la cirsis, los señores quisiereon mantener el mismo nivel de rentas que antaño y ello, motivo una serie de conflictos sociales que, aunque ya se habían conocido con anterioridad, se agudizaron y reiteraron con más violencia.

En la Xunta de Melide la hermandad se reune con los nobles del reino y les pide que entreguen sus fortalezas al nuevo poder, cosa que logran, salvo determinados caballeros que se oponen. El proceso de toma de posesión de las fortalezas, estaba ya seguramente en marcha cuando se juntan las hermandades de toda Galicia en Melide. La negativa de algunos señores y alcaldes de fortalezas a dar éstas a la Santa Irmandade, aumenta y se extiende indefectiblemente al correr la noticia de los derrocamientos más precoces, como el Alonso II de Fonsecadel Castelo Ramiro, generalizándose entonces los asedios y asaltos de los castillos recalcitrantes: "los tenían çercados hasta que xe las entregaba e dellas dize que oia dezir que xe las tomaban por conbate".

No era nada fácil tomar por combate una fortaleza medieval, que los irmandiños lo lograsen tan ampliamente, se explica, en último extremo, por la superioridad numérica de los asaltantes y la ira justiciera que los impelía. Por ejemplo, la Rocha Forte que era tenida por "muy fuerte", que no la habían conseguido tomar y derrocar unos años antes con "tres trabucos" el Conde de Trastámara y otros caballeros, con la ayuda de la ciudad de Santiago y de otros concejos: fue sin embargo abatida por la mal llamada "hermandad fuzquenlla", según informa un clérigo contrario a los irmandiños. Los caballeros  y señores del reino no habían podido resistir los cercos que habían puesto "los pueblos y gente común", y los diputados y alcaldes irmandiños, "con mucho ynpetu y fuerça de armas e ayuntamiento de gentes". La determinación guiaba a las multitudes que atacaban, "cada jurdiçión la suya", las fortalezas señoriales refractarias: "quando querían tomar alguna se juntaba mucho número de gente y estaban sobre ella hasta que la tomaban y derrocaban" . No extraña que, luego, el apasionamiento colectivo les llevara a procurar que "no quedara en ella piedra con piedra", según el testimonio de excepción de un cantero de ochenta años que de joven había derribado fortalezas, y cuyo padre, un  campesino del cual nuestro delarante habla con orgullo, había sido en 1467 alcalde de la Santa Irmandade.

Como es natural "andaban todos armados" con espadas, lanzas, ballestas, escudos y otras armas. La  gente común se proveía de las armas blancas que eran usuales en aquel tiempo, con las cuales era llamada a servir militarmente a sus señores en las guerras feudales. También disponían los ejércitos irmandiños de artilleria: las tradicionales catapultas o trabucos, y asimismo bombardas o lombardas, cañones primitivos que funcionaban con pólvora. En algún pregón insurreccional se llega a convocar a los vasallos insurrectos con "armas y  martillos y picos y derrocar fortalezas"; a buen seguro la finalidad de las herramientas de cantería no era otra que la consigna citada de que no quedase después piedra con piedra de las fortalezas acometidas.  Al final, las prisas en ver caer las piedras y la inexperiencia, se cobran sus víctimas; los de Padrón llegan a alquilar unos pedreros para echar abajo las Torres del Oeste, pese a ello: "cayeran las piedras e les quebraran las piernas e los llebaban en carros", claro que "agora los be hestar derrocados", añade nuestro informante de 1527, un labrador de San Pedro de Dimo, parroquia de Catoira.

Estamos convencidos de que el número de fortalezas, más de 140, que aparecen en el pleito Tabera-Fonseca y otros documentos, como derribadas por los irmandiños, queda por debajo de la realidad. A la lista resultante compuesta por los castillos y torres más importantes y conocidos del reino, tendríamos que agregar torres y casas-torres más pequeñas, y todavía fortalezas derribadas en Alonso Suárez de Dezajurisdicciones poco o nada citadas en la documentación que ahora manejamos: el número final sería indefectiblemente mayor. Lo más exacto sería, en nuestra opinión y siguiendo los testimonios contemporáneos, partir de que "todas" fueron derrocadas... y contar las excepciones. En 1468, en plena revuelta, ya se decía que no "deixaron fortolleza en todo o reino de Galiza"; y durante más de sesenta años la tradición popular y favorable repite que "diputados y gentes de la dicha hermandad derrocaran todas las fortalezas y castillos del dicho Reino de Galizia de señores y caballeros del que no quedó ninguna", así como la tradición nobiliaria y contraria que también asegura que "la hermandad derrocara todas las fortaleças". Para recalcar que los irmandiños habían destruido todas las fortalezas, la memoria colectiva precisa excepciones al objeto de demostrar la regla, si bien luego siempre hay algún testigo que incluye algunas excepciones en la lista de las derrumbadas. La más nombrada, y menos desmentida, como no abatida por los sublevados es la fortaleza de Pambre, alguien dice que porque "no la pudieron tomar", lo cual subraya que las demás fortalezas del reino si pudieron ser apresadas y echadas abajo.

El triunfo de los gorriones

Protagonistas y aún antagonistas de la revolución irmandiña emplean profusamente el adjetivo "todos", variando el género y el número, para acentuar lo extraordinario de los acontecimientos evocados. Un azabachero compostelano declara reiterativamente que "todos" los pueblos y gente común acordaran, para sosiego del reino,  "todos" armados de muchas armas, ir a derrocar "todas" las fortalezas y casas fuertes y torres que tuviesen los señores... Otros dicen que se habían levantado en armas "todos" los lugares, ciudades y tierras, o bien "todos" los vasallos; en fin, "porque andaba mucha gente en la dicha hermandad que hera todo el Reino rebuelto y questo hes así la verdad", dice un testigo campesino. Insistir en el carácter total, universal, del levantamiento y de su obra justiciera es una de las maneras exhibidas para manifestar la "superioridad o ventaja que se consigue del contrario en disputa o lid", es una actitud que corresponde en consecuencia con la definición actual que proporciona el diccionario del concepto de  victoria.

La mentalidad triunfal nacida en 1467 predominará en la opinión pública de Galicia, a pesar de las derrotas irmandiñas de Bernal Yáñez de Moscoso1469,  hasta bien avanzado el siglo XVI, salvo entre los nobles, cuyos portavoces literarios (especialmente Vasco de Aponte y Felipe de la Gándara) elaboran una versión contraria, en un principio minoritaria, que pone el acento en las derrotas de 1469. Versión caballeresca que a mediados del siglo XIX, cuando el historiador Benito Vicetto descubre a los irmandiños, aparecer como la versión oficial y única que  se deduce de la documentación conocida entonces, toda vez que  la tradición oral, popular y también eclesiástica, de los protagonistas de la revuelta se había interrumpido  pasados más o menos cien años de 1467. Hoy, la tarea del historiador consiste en recuperar los hechos irmandiños tal como sucedieron y fueron pensados, sentidos e imaginados por los que participaron en ellos, sin olvidar a los contrarios de los sublevados.

Un símbolo gráfico de la bondad, la santidad y la voluntad de victoria de los ejércitos irmandiños son las banderas blancas que portaban, que algunos malintencionados llamaban "sudarios". Pero ninguna imagen expresa mejor el sentido histórico de la revuelta de la Santa Irmandade que la metáfora siguiente: "les oía dezir que los gorriones abían de correr tras los falcones". Así consta en la declaración de un vecino de Betanzos, testigo visual de los sucesos de 1467, que para que no quede duda del significado atribuido a dicha frase, añade a continuación que "bió que los de la dicha hermandad corrían tras de los dichos caballeros hasta que los hizieron yr de dicho Reino". Además de una vívida representación colectiva de la rebelión irmandiña como una marcha triunfal, dicha metáfora popular revela de un golpe las motivaciones justicieras, antiseñoriales e igualitarias de los gorriones-insumisos que una vez depuestos y arrojados del reino los señores-halcones, y bien destruidas sus fortalezas-nidos de malhechores, quedan ellos, los comunes gorriones, dueños del Reino de Galicia, a partir de ahora un reino de paz, justicia, seguridad, unidad y solidaridad, gobernado por la Santa Irmandade...

El ejercicio del poder es un problema clave que la revolución irmandiña resuelve de un modo consciente y satisfactorio: concentrando en  la hermandad la administración de la justicia, el poder militar y también el cobro de tributos, antes todo ello en manos de la clase señorial. Funciones de gobierno que desempeñan, por supuesto, en nombre de un distante rey de Castilla que dejaba hacer, entre otras cosas porque no tenía otra alternativa, aunque le disgustaban los "excesos" de la hermandad.

Fuente: http://www.h-debate.com/cbarros/spanish/revuelta.htm (Carlos Barros, Universidad de Santiago de Compostela); imágenes Google y aportaciones propias.

Enlace: Revuelta De Los Irmandiños. Los Gorriones Corren Tras Los Halcones II

BIBLIOGRAFIA

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_________________________, Las fortalezas de la Mitra compostelana y los "irmandiños". Pleito Tabera-Fonseca, 2 vol., Pontevedra, Fundación Barrié de la Maza, 1984

Benito VICETTO, Historia de Galicia, tomo VI, Lugo, Alvarellos, 1979


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Publicado por Fransaval @ 1:13
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