S?bado, 30 de junio de 2012

            Sentado a la orilla de río me envuelve el susurro de las aguas sorteando los obstáculos y formando infinitas ondas antes de llegar a la calma. Su voz me traslada a los días en que siendo un chiquillo acudía allí junto a la chavalería de la aldea para dar rienda suelta a todos los sueños que bullían en mi interior. Observo las aguas cristalinas y veo mi reflejo, lo único que cambio de aquel maravilloso paraíso. Sonrío y evoco los recuerdos donde dibujo a las chicas chapoteando, mientras nosotros sacamos pecho y nos lanzamos al agua emulando a Tarzán llamando la atención de Jane. O de Chita, según el caso.

Aceñas en el río Sarria
Molino en un entorno sin igual como son las Aceñas del Río Sarria.

            En este bucólico paraje, transcurrían las horas de ocio y se cruzaban miradas que llevaban mensajes de eternidad. Pues allí comenzaba y terminaba nuestro mundo. Y seguías con atención todos los movimientos de las traviesas pequeñas buscando cual de ellas sería Río Sarria en las Aceñastu compañera de viaje. Los primeros escarceos amorosos en un juego sin fin. Comienzan las primeras rivalidades, pues la guapa de turno tiene a todos ensimismados. No hay competición, pues como líder de los muchachos todos los ases los tienes en la mano. Pero nadie se rinde, todos están atentos al más mínimo síntoma de debilidad. Antesala de lo que será la vida de adulto. Ahora sonrío, recordando aquellas andanzas.

            Tumbado boca arriba, admirabas la naturaleza que te rodeaba, los pájaros volando y otros que acercaban a ti sus hermosos cantos. Y cubriéndolo todo, un maravilloso cielo azul dominado por un espectacular sol que te doraba como un cordero al horno. Eras inmensamente feliz. Y crecías viendo pasar el agua que era la única que daba fe de la realidad de tus cambios.

            Los años pasan y aquellos juegos infantiles dan paso a los jóvenes que comienzan a descubrir nuevas fronteras y que el mundo tiene sinfín de paraísos como aquel. Y siguen los juegos en el agua, pero adobados por la búsqueda del amor. El traste, travieso e inquieto que escribe esto, fue escogido y ha elegido y bien. Unos esperan, otras aguardan su oportunidad.

            Toco el agua, la siento y como un rayo nuevas imágenes acuden prestas a desvelar aquel pasado de ensueño. Nacido en una inmensa ciudad de cemento y acero, como es Caracas, nunca pude agradecerle de verdad a mis padres su renuncia y traerme acá. Ellos amaban su tierra, la libertad que emana y la felicidad que da. Y, a pesar de todos los servicios que Camino bordeando el Río Sarria en las Aceñasofrece tamaña colmena, no quisieron que creciera prisionero de los muros de hormigón, de los caminos asfaltados y de las aceras imposibles. Por lo que me entregaron a mis abuelos maternos. Primera y gran lección, la renuncia a lo que adoras por el bien de los demás y que la distancia no separa los corazones. Para que creciera libre, en la naturaleza, con los recursos limitados y alejado del mundanal ruido, mientras ellos seguían haciendo fortuna en la patria del Bolívar.

            Recuerdo cuantas veces me decía mi abuelito Manuel, “te cogí en Vigo al pie de la escalerilla del barco y eras como un gorrión” y reía el muy picarón. Así se lo explicaba a sus amigos cuando me presentaba y añadía, “y mira en que tipazo más guapo lo convertí”. Río a carcajada abierta recordándolo. Si, mi abuelito y mi abuelita Carmen, me enseñaron lo mejor y me previnieron para lo peor de la vida. Amar y compartir este maravilloso mundo. “Ves esta tierra”, decía mi abuelo cogiendo un puñado de ella, “es nuestra madre y como tal hay que cuidarla y mimarla”. Y mi abuelita, “puedes tener todo en este mundo, pero nada te hará más feliz que el abrir tu corazón a los demás. No esperes nada a cambio, sólo date como esa maravillosa persona que eres mi amor”. Una lágrima se arriesga valiente surcando mi mejilla, pues ellos nunca quisieron verme llorar. “Nos iremos, pero nunca te abandonaremos tesoro de nuestro corazón”, me recordaban cada vez que la ocasión lo pedía. Y oía y veía en ellos la dulzura de mi mamá y la seriedad de mi padre. Y, a pesar de que cogieron el último tren, sé que siempre están aquí cuando los necesito. Se fueron ambos agarrados a mi mano con la misma frase, “que Dios te premie todo lo bueno que llevas en ese corazón y lo feliz que nos has hecho Paquito”. Ahora el torrente de los ojos arrecia, pero de felicidad recordando aquello.

            No importan los mejores colegios de pago adonde me mandaron. La mejor universidad fue el día a día junto a ellos. Una de sus muchas Sendero junto al Río Sarria en las Aceñaslecciones partió a consecuencia de una de mis muchas travesuras de juventud. Tras ella y esperando una buena recompensa en forma de azotes que nunca me habían dado, mi abuelito me llevo a la huerta y parando junto a un joven peral, lo agarró, lo movió y torció para todos lados. Luego me acercó a un manzano curtido en mil batallas e intentó lo mismo, pero el árbol ni se inmuto. Entonces dijo, “ves Paquito, el joven peral se deja dominar y dirigir para donde quiero, pero siempre recupera la verticalidad. El otro ya decidió lo que va hacer de su vida y de nada vale que intente doblegarlo. Por eso yo tengo la obligación de enseñarte a seguir el camino correcto, aunque serás tu y sólo tu quien tendrá la libertad de elegirlo. Porque aunque estés anclado a la tierra, nadie puede privarte de crecer y madurar libre como el viento”. Entonces yo le dije, “porque nunca me pegas abuelito”. Sonrío y contestó, “puedo golpear esos dos árboles, pero lo único que haré es hacerles daño, pero nunca cambiaré su dirección. En cambio, puedo ponerles un apoyo como ves en otros muchos y ayudarles a crecer derechos”. Comprendí muy bien la lección.

            Una hermosa trucha pasa delante de mi y me vuelve a la realidad. En aquellos Aceñas Río Sarriatiempos eran las reinas del río. Increíble, a pesar de la pesca furtiva. Yo bajaba con mi abuelo a pescar al río, al igual que todos los de las distintas parroquias que lo bordeaban. Pero un código no escrito les unía a todos, la conservación de todo lo que les rodeaba. Recuerdo uno de los muchos días en que entraban voraces al anzuelo. Pero después de coger a penas media docena, mi abuelo dijo “vámonos”. “Ahora abuelito, si están de quiero”, apostillé yo. “Nunca debemos aprovecharnos de la debilidad para acaparar más, ni coger más de lo que necesitamos, Paquito. Eso te hará comprender con el tiempo, que nada, absolutamente nada te hará más feliz que respetar para ser y exigir ser respetado. Ama todo lo que te rodea, pero al igual que las truchas, la comida fácil tiene un alto precio”. Ahora, vaga solitaria y eso que todo está controlado y bien controlado. Cotos; permisos; repoblación; planes; buenas palabras, pero todo en honor al dinero y desaparecerán.

            Me levanto y sigo el camino bordeando la susurrante arteria que corre por el fondo del acantilado. Como cada vez que iniciaba el camino de regreso a casa después de los alegres y reconfortantes baños en compañía de aquellos bulliciosos amigos y amigas. Aún está allí el castaño junto al cual di y recibí mi primer beso de amor. Un suave y enternecedor escalofrío recorre mi espalda, mientras el corazón se acelera añorando la suavidad de aquellos labios y el nuevo mundo que acabábamos de descubrir. Efímero, pero permanente por siempre en el lugar más preciado del corazón. Paraje en la Aceñas del Río SarriaAún ahora, separados en un cruce de caminos, cuando coincidimos, una mirada de complicidad nos evoca a aquel pasado en el que nos juramos amor eterno. Sé, que aunque no compartido, nunca faltamos a aquella promesa.

            Llegan los tiempos de la juventud en la que mil horizontes se abren ante ti. Y en un viaje sin retorno vas explorando nuevos paraísos y te das cuenta que aquel mundo que creías cerrado tiene una espalda muy ancha que compartimos en un hermanamiento y cofre maravilloso que conforma nuestro hermoso Hogar. Y no hay tiempo a detenerse y como un martillo pilón te va curtiendo. Pero algo como un cuchillo afilado hiere tu corazón, las palabras de tus abuelos como las de otros muchos, ya no tienen valor. El Planeta sufre por la avaricia y la codicia. No importa la lucha de los que como yo recuerdan lo que les enseñaron aquellos que creían en un mundo armonioso. Los tentáculos de los poderosos lo controlan todo y a pesar de los esfuerzos de muchos, van soltando a trocitos las riendas, mientras La Tierra se desangra. Ella, que a poco que se lo proponga podría poner todo en orden. Pero nos ama como madre nuestra que es. Y nos avisa con pequeños estremecimientos, vomitando fuego, pero como mi abuelo, no quiere  golpear a sus hijos, sino enderezarlos.

            En ese viaje que comencé hace unas buenas decenas de años, nada pudo cambiar aquello que me enseñaron y que tan bien aprendí. Molino en el recorrido del espacio natural de las Aceñas en el Río SarriaY lo bueno no se cambia nunca. Estudios, trabajo, lucha continua por los derechos de todo lo vivo en este maravilloso mundo, todo tiene el epicentro en aquellas extraordinarias enseñanzas. Regresaron mis padres y, sobre todo mi mamá, contribuyeron a que fuera constante como el sol que sale cada día, arriesgado y valiente como la luna que no teme a la noche, alegre y sonriente como el Arco Iris que anuncia el final de la tormenta, libre como el viento, fuerte como el mar y duro como la tierra firme. Despertar de mil amores que por sinceros siempre permanecen activos; acunar miles de amistades que son el maná que alimentan mi vida; saber que la vida es maravillosa a pesar de las dificultades del camino; sentir como hermano todo aquello que me rodea; soñar que un mundo feliz y en paz en el que cabemos todos, a pesar de algunos humanos, y, sobre todo, que el alma y el corazón son incorruptibles, aunque algunos parezca que carecen de ellos.

            El autobús de la vida me llevó a cientos de lugares, miles de aventuras, Ardilla en las Aceñas del Río Sarriamuchos errores y aciertos. Pero respetó y mantuvo siempre vivo aquel niño que hoy río arriba camina despertando los recuerdos. Me vuelvo a sentar, me descalzo y meto los pies en ese agua amiga. Está fría, como siempre. Pero sigue dando las mismas caricias de ternura y paz. No se detiene, en un claro mensaje que la vida es seguir surcando el cauce. Es tal su suavidad que despierta en mi la añoranza de los que no están, los que se han ido. Sin embargo, no hay melancolía, ni lágrimas, ellos no lo querrían. Y vuelvo a ver a las chicas chapoteando el agua, hablándose al oído secretos de todos conocidos y me obliga con satisfacción a dibujar una sonrisa Aquel travieso bikini que casi se la juega y me rio como entonces compartiendo una mirada pícara. Mientras a mi lado, desde la rama más alta, mi mejor y temerario amigo se zambulle. Y como entonces, ha fallado y la plancha es de lo más sonora, como mi infantil  carcajada. Mientras, ella torna su mirada buscándome y es como dos estrellas que dan luz a la más bella de las flores. Vuelve  hacia mi, con mimo coge mis manos y suavemente me invita a acompañarla. El agua va despertando de su letargo el cuerpo según lo va conquistando. Casi nos cubre, nadamos y los ojos prisioneros se intercambian mil anhelos y promesas. Nada cambia, salvo la realidad.

Playa fluvial, parque, piscinas e instalaciones deportivas en O Chanto de Sarria, camino a las Aceñas

            Me calzo y comienzo el regreso. Todo es igual y al mismo tiempo distinto. Salvo aquel niño que nunca quiso ni quiere crecer. Porque Torreón del castillo en lo alto de la Villa de Sarriadicen que ser mayor implica perder la inocencia, la imperiosa necesidad de aprender, de que la vida sea un descubrimiento constante. Este niño, no quiere acomodarse. Extrovertido; alegre; suave como una brisa; implacable ante la injusticia como el granizo; fugaz en el amor como los relámpagos; sincero en la amistad como el viento del norte; optimista como el Arco Iris; la ira de las tormentas no tienen lugar; la nieve es el referente para compartir con los demás; porque ama la calma de una noche de luna llena y el horizonte de la Estrella Polar. Y que sabe que si lloras por no poder ver el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas.

            Vuelvo la cabeza y levanto la vista en un nuevo intento de ver mi querida aldea. Imposible, las espectaculares paredes naturales que encierran este extraordinario edén no lo permiten. Pero me paro y la veo saliendo de un lugar privilegiado del inconsciente. Su calma irradia paz, felicidad, alegría. No hay prisa, siempre es tiempo para conversar. Y delante de la casa de mis abuelos casi todo el pueblo reunido, intercambia experiencias. Y como entonces, paso corriendo buscando un lugar donde no ser presa del “panda” del juego del escondite. Y me oculto tras la cocina, mientras oigo 48, 49 y 50. Soy la primera presa, aunque intento convencer a mi amigo de que no me ha visto. Prevaricación, un juego que se le da muy bien a algunos mayores. No fue el caso y tocó “apandar”. Otra lección para no olvidar.

Paseo do Malecón en Sarria

            Mis perros, Boss y la Nenita, quieren jugar y vuelta a la realidad. Con ellos es donde de verdad sigo siendo aquel niño, Por eso nos adoramos y nos entendemos. Alcanzamos nuestro precioso pueblo, de gente encantadora, solidaria y universal por los cientos de años compartiendo vivencias con los peregrinos de todo el mundo a Santiago de Compostela. Entramos en casa, beso a mi adorada mamá y saludo al no menos querido padre. Luego enciendo el ordenador, escribo esto en el blog, abro el Facebook y siento que la vida puede ser maravillosa.


Tags: Sarria, Aceñas, Río Sarria, Aldea, Acantilado

Publicado por Fransaval @ 19:46
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Comentarios

Los primeros años de la vida que marcarán profundamente al personaje que la irá lidiando. Un poco de mi. Gracias.

Publicado por Fransaval
S?bado, 30 de junio de 2012 | 19:48