
Vida y orden social:
La agricultura
Obligados a enfrentar un entorno hostil, y la gran variabilidad climática que los sometía a frecuentes sequías, los mayas desarrollaron estrategias muy sofisticadas, y grandes obras de ingeniería para acumular agua, distribuyéndola a través de canales que aprovechaban las diferencias de la topografía.
Para disminuir los efectos de la sequía que se prolongaba durante ocho meses, los mayas elegían la proximidad de lagos naturales o cenotes para instalarse, como en Chichén Itzá.
Además del maíz cultivaban algodón, frijoles, calabazas, tubérculos y una especie de pita, apta para destilar pulque y extraer fibras textiles. El cacao es un producto originario de la región maya de Tabasco.
Desbrozaban los terrenos a través de la quema de las plantas silvestres, y luego sembraban con la ayuda de un palo puntiagudo que hacía las veces de azada o instrumento de arado. Este sistema produce agotamiento del suelo, de no utilizar fertilizantes. La parcela desmalezada y quemada necesita de seis a diez años para su recuperación.
Sin ser esclavos, los campesinos eran considerados “gente inferior” y rendían vasallaje a los señores de la nobleza. Al igual que cada casta contaban con sus propias deidades familiares, relacionadas con la actividad que desarrollaban. En su caso rendían culto a un dios de la agricultura.
La sociedad Maya
La sociedad maya se organizaba en clanes familiares cerrados. Cada clan estaba integrado por linajes de distinta jerarquía, según la distancia que los separaba del ancestro fundador, muchas veces impuesto a través de la violencia de ciertos grupos sobre otros.
El término ninja, o “casa grande”, designaba a los patrilinajes agrupados en torno a un gran señor. Servía para denominar al edificio principal donde residían los líderes de los clanes.
Los parientes directos del primogénito del fundador del clan ocupaban el lugar más alto en la pirámide social.
Los reyes divinos ocupaban la cúspide de la sociedad de castas, seguidos por los sacerdotes emparentados con ellos, los guerreros, los artesanos, los comerciantes, y los campesinos.
Al finalizar el Período Clásico, la sociedad se hizo cada vez más estratificada, y a diferencia del norte mexicano, las relaciones de parentesco se limitaron al interior de cada casta.
En 1566, el obispo de Mérida Fray Diego de Landa, describió la organización social maya en su Relación de las cosas de Yucatán.
Los almehenoobs se ubicaban en la cúspide. Su casta era integrada por la nobleza hereditaria que controlaba los principales cargos administrativos y militares. De cualquier forma, para acceder a los puestos tenían que ganárselos, mostrando méritos y aptitudes a través de un examen consistente en descifrar enigmas e interpretar expresiones figuradas denominadas “lenguaje de Zuyúa”.
Los candidatos que fracasaban tenían que estar dispuestos a morir. Para aspirar al poder había que saber interpretar palabras y escrituras. Como reza el libro del Chilam Balam, “Los jefes de aldea son apresados por la noche porque no han sabido comprender. ...Por eso son ahorcados y por eso les cortan las puntas de las lenguas y por eso les arrancan los ojos”.
Si el aspirante era elegido, era tatuado con pictogramas en la garganta, el pie, y la mano.
Al interior de los almehenoobs surgía el Halach uinic, “el verdadero hombre”, un intermediario entre los parientes superiores –considerados divinos–, y los parientes de los linajes inferiores.
El Halach uinic gobernaba con la ayuda de sus parientes directos, y su cargo era hereditario para asegurar la continuidad y la hegemonía de los linajes principales.
Los miembros de la nobleza, y parientes de segunda línea de los reyes, cumplían distintas funciones. Los bataboob se dedicaban a la percepción de tributos, la administración de justicia, el oficio de escribas, y oficiaban como sacerdotes.
Peldaños más abajo, siempre al interior de las clases superiores, una diversidad de funcionarios cumplía con distintas funciones. Los ah cuch caboob controlaban el trabajo de los campesinos y las castas inferiores. Los ah holpop eran delegados político-religiosos responsables de organizar las ceremonias y la custodia de los instrumentos musicales. Los tupiles eran oficiales reales y jefes administrativos. Tenían a su cargo imponer el orden al interior de las ciudades.
Tocados cefálicos compuestos de plumajes multicolores, joyas y máscaras de jade, tejidos suntuosos, formaban parte de los atributos para reforzar el poder de la en las ceremonias multitudinarias que saturaban el calendario sagrado.
La mujer Maya
Tal como lo concebían los mayas, el papel de las mujeres se limitaba a la reproducción. Las jóvenes de los linajes de élite eran intercambiadas por muchachas de otras ciudades, generando redes de parentesco que vinculaban a todas las regiones del mundo maya, y exceptuaban de la obligación de casarse con mujeres u hombres del mismo linaje.
Excepcionalmente, ciudades como Palenque y Tikal admitieron que las mujeres de la nobleza ocupasen roles gobernantes, en caso de interrumpirse la línea de descendencia masculina.
Las normas morales eran sumamente rígidas. Prohibían el adulterio, y las mujeres que las transgredían eran muertas por lapidación. Como excepción, se aceptaba la poligamia. Se aceptaba el divorcio, y en el caso de insatisfacción se podía devolver a la novia durante el primer año de matrimonio.
El consumo de alcohol, tabaco y estupefacientes, era un privilegio de los hombres de las castas superiores, quienes recurrían a los mismos para facilitar la comunicación con los antepasados y con otras deidades.
La llegada de la pubertad se celebraba con un ritual durante el cual se les quitaba a los adolescentes los adornos simbólicos de la virginidad, una cuenta blanca en la cabeza de los varones, y una concha marina en la cintura entre las mujeres.
Los padres del varón encargaban estudios astrales y predicciones sobre el futuro de la pareja a un adivino, rechazando a la muchacha en el caso de encontrar incompatibilidades en el significado de los nombres. Como en otras culturas, debían pagar una dote y asumir una serie de compromisos acerca del sustento que el varón le brindaría a sus suegros en el futuro.
El poder de los sacerdotes
Las ceremonias religiosas más relevantes eran conducidas por nobles de alto rango, de la familia real, encabezados por el Ahau, el monarca cuya función sacerdotal era inherente al cargo.
La falta de imágenes artísticas de los sacerdotes se explicaría por la reticencia de los mayas para representar escenas de la vida cotidiana. Seguramente, estos hombres poblaban la vida de las ciudades, donde un calendario repleto de celebraciones imponía el despliegue de ceremonias multitudinarias.
Los ahkin o sacerdotes eran los responsables de controlar, preservar y transmitir los conocimientos. Realizaban los cálculos astronómicos, monitoreaban el calendario y el paso de las estaciones. Dominaban el sistema de escritura, la producción y la interpretación de la doctrina, y la organización de rituales y sacrificios.
Sin proponérselo, el cronista español Diego de Landa trazó semejanzas con el cristianismo, al relatar que entre los mayas “el oficio de los sacerdotes era tratar y enseñar sus ciencias y declarar las necesidades y sus remedios, predicar y echar las fiestas, hacer sacrificios y administrar sus sacramentos. El oficio de los chilanes (profetas) era dar al pueblo las respuestas de los demonios y siendo tan admirados que acontecía llevarlos en hombros.
Pueblo de guerreros
Las visiones históricas tradicionales idealizaron los aspectos espirituales y científicos de la sociedad maya, suponiendo erróneamente que no se trataba de un pueblo de guerreros, a diferencia de otras culturas mesoamericanas, sino de una civilización extremadamente pacífica.
En la cúspide de la sociedad, los reyes divinos, y los miembros de la nobleza eran grandes guerreros y estrategas, los “jefes violentadores”, conforme a la expresión de un drama maya del siglo XII.
A través del aparato militar, las castas superiores imponían la dominación de los vasallos, considerados como hombres inferiores, y de los esclavos, quienes estaban ubicados en el escalón más bajo de la pirámide social.
Desde el Período Preclásico, Tikal y Calakmul entre otras ciudades-estado, arrastraron a sus poblaciones a la destrucción.
Durante el Postclásico, la militarización creciente de la ciudad fortaleció el poder de los nacom. Estos señores de la guerra pudieron destronar con mayor facilidad a los príncipes y nobles, aprovechando los graves enfrentamientos motivados por venganzas entre los distintos clanes familiares.
Paralelamente a las iniciativas bélicas, los mayas desarrollaron el arte de la política y la diplomacia. Los enfrentamientos entre las ciudades también supieron de alianzas y acuerdos, selladas a través de embajadores y pomposas visitas a los vecinos.
Los máximos jefes militares afrontaban la conducción de la guerra por tres años con absoluta responsabilidad, respetando las normas que les prohibían tener relaciones sexuales, consumir alcohol, y alimentarse con carne durante dicho período.
Como en cualquier aspecto de la vida maya, la religión y los ritos eran omnipresentes en la realización de la guerra. Las contiendas se iniciaban con grandes desfiles, portando estandartes sagrados al son de los tambores, las flautas y las caracolas. Durante el curso de la batalla los guerreros ejecutaban actos de magia y hechicería para convertirse en águilas y jaguares.
No obstante, el uso de la sorpresa era decisivo para la toma de prisioneros. La pintura corporal, el aspecto del cabello, y los alaridos buscaban infundir terror entre los enemigos. Los combatientes se armaban con corazas acolchadas de algodón, lanzas de pedernal, hachas y mazas. Utilizaban catapultas para arrojar nidos de avispa sobre las posiciones enemigas.
Las castas inferiores
Dentro de cada clan, los linajes más alejados del primogénito del ancestro fundador eran vasallos, y debían tributo y obediencia a los linajes superiores.
El rígido sistema de castas consideraba “gente inferior” a los integrantes de estos linajes. Sus miembros debían residir en territorios fijos que se asociaban con el nombre del linaje.
Por debajo de los artesanos se situaban los campesinos, cuyos linajes residían afuera o en la periferia de las ciudades, a cuyo centro acudían para pagar tributos, trabajar en las construcciones monumentales, y participar de las actividades ceremoniales.
El último peldaño social lo ocupaban los esclavos o ppentac-ob. En su mayoría se trataba de cautivos de guerra provenientes de otras ciudades y pueblos, pero los delincuentes y los parias sin linaje engrosaban los contingentes junto con individuos pertenecientes a la “gente inferior” que habían sido vendidos para realizar tareas serviles.
Con frecuencia eran ofrendados en los ritos de sangre. La Apologética Historia de Indias de fray Bartolomé de las Casas ratifica las imágenes de los murales mayas, afirmando que los esclavos debían llevar un collar para ser distinguidos del resto de la “gente inferior”.

Los Mayas y la religión
La selva imprimió por completo la percepción de la realidad. Los mayas creían que una energía biocósmica atravesaba a las personas, a los animales, a las plantas y a los seres inanimados, imprimiéndoles su razón de ser.
A mayor carga de energía, mayor era la categoría y la importancia de cada ser vivo, cosa, o deidad. Los mayas creían que el descomunal gasto que realizaban los dioses se reponía con la sangre humana de los sacrificios.
La creencia en el poder combustible de la sangre muestra dioses vulnerables. Por el contrario, destacaba el papel de los hombres para mantener el universo.
Los mayas representaban la superficie de la tierra como la espalda del caimán, o como una tortuga marina, que sostenía a la ceiba, un árbol gigante sobre el cual se apoyaba el cielo. Al resguardo de su sombra descansaban los sacerdotes, los guerreros muertos en combate, y las mujeres fallecidas en el parto. El cielo se asociaba con la imagen de la serpiente de dos cabezas, imagen de la dualidad de la vida y la muerte.
Más allá de la tierra y el cielo, los mayas otorgaron la mayor atención al subsuelo o inframundo. Además de ser la morada de los muertos y los dioses, era la fuente de la vida, y del maíz, el componente fundamental de su dieta.
El Xibalbá, o País de los Muertos, era un reflejo del mundo terrenal. Construían las pirámides como representación del interior de la tierra.
Centrada en el subsuelo, la noción maya del Otro Mundo abarcaba una dimensión más compleja, un universo paralelo al de los seres vivientes, el cual incluía el cielo, la superficie terrestre, la profundidad del océano y la espesura de la foresta.
El Otro Mundo era el lugar donde se resguardaban los secretos del cosmos y del transcurso del tiempo, los misterios de la vida y el destino de los seres humanos.
El universo y el poder
De modo similar a otras sociedades antiguas, la forma en que percibían el universo nos proporciona una radiografía de la estructura de poder, las funciones de los gobernantes, las divisiones territoriales, el ordenamiento de las ciudades, y los aparatos administrativos.
Los reyes tenían carácter divino, y oficiaban como sumos sacerdotes. Fijaban la doctrina y establecían los procedimientos rituales. Los miembros de sus linajes también desempeñaban tareas religiosas.
El rey estaba directamente relacionado con los dioses, era considerado uno de ellos. Cuanto mayor fuese la sacralidad del gobernante y la fastuosidad del culto, la sociedad se sentía más segura e integrada. Conforme a las creencias, los reyes eran potencias generadoras de vida.
Gobernar, para los mayas, significaba administrar correctamente el orden del cosmos, la sociedad y la naturaleza. Ello explica el poder absoluto de los reyes, a partir de la posesión de los secretos del mundo de los muertos.
Los ancestros fundadores de linajes eran asociados con seres sobrenaturales, denominados wayob. Los arqueólogos han identificado imágenes de estos seres en las piezas de cerámica. Para los mayas, los espíritus de los wayob vivían en las construcciones gigantescas de las principales ciudades.
La creencia en los wayob fortalecía el poder y la legitimidad de las dinastías gobernantes, funcionando como un nexo con el mundo de los muertos.
Los dioses Mayas
Los investigadores de la religión maya tienen fuertes polémicas. La información disponible no permite individualizar con precisión a los distintos dioses del Período Clásico, sus orígenes, y sus funciones. La cerámica polícroma relata mitos cosmogónicos, y describe el mundo subterráneo. Las imágenes de los dioses se confunden con las escenas de adoración de los gobernantes.
No obstante, en los templos de Uaxactún y Palenque es posible reconocer representaciones y esculturas del dios Kinich Ahau o Kukulkán, IxChel, Chac, y Kauil.
Se destacaban Itzmaná, inventor de la escritura, señor de los cielos, el día y la noche; Hunab-Ku era irrepresentable e incorpóreo, de él procedían todas las cosas materiales.
Varios de ellos eran antepasados divinizados. El mismo Kukulkán, quien habría encabezado a los toltecas del Valle Central de México que se establecieron en Mayapán a fines del siglo X.
El panteón maya se identificaba con el cosmos y los objetos celestes. Kukulkán o Kinich Ahau habría sido una especie de dios sol, afín al Ra de los egipcios. Su nombre significa: “Dios del rostro del sol”.
La influencia de Teotihuacán fue importantísima, al extremo que muchas de las deidades del norte fueron incorporadas por los mayas. Quetzalcoalt, la “Serpiente Emplumada”, fue asimilado con Kukulkán, reforzando la identidad entre dioses y gobernantes.
Los dioses combinaban formas humanas, animales, vegetales y astrales. El dios Jaguar era el señor de la noche estrellada, reinando sobre el cielo, la tierra y las tinieblas del inframundo.
Las representaciones de Chac, el dios de la lluvia, el rayo, el trueno y el viento, unían la representación de estos fenómenos con los puntos cardinales. Acompañado de ranas que la anunciaban, Chac era una divinidad muy importante para los campesinos, y solía multiplicarse vaciando calabazas para producir la lluvia, mientras arrojaba hachas de piedra.
Ah Mun era el dios del maíz, en batalla permanente con Ah Puch, el dios de la muerte. También se relacionaban con el inframundo Ek Chuah, un dios de la guerra que aparece vestido de negro, divinidad de los comerciantes y del cacao.
El panteón maya era numerosísimo, con divinidades altamente especializadas: Ixtab, diosa de los suicidios que se representaba con una soga al cuello; IxChel, diosa del arco iris, la medicina, la adivinación y la maternidad; Ah Chicum Ek, el dios benevolente de la estrella polar; y Buluc Chabtan, dios guerrero de los sacrificios humanos, entre otros.
Esoterismo en la civilización Maya
Para conocer el destino de los difuntos en el Más Allá, sus opiniones, sus pronósticos, y sus anhelos en relación a los vivos, los mayas desarrollaron la técnica de la nigromancia.
Los reyes mayas creían que se comunicaban con sus ancestros al mirarse en la superficie pulida de los espejos mágicos de obsidiana, consumiendo drogas alucinógenas, ingresando en las cuevas o en los templos-montaña.
En la lengua maya, “profecía” y “ley” se escriben con la misma palabra, mostrando la concepción regular y circular que tenían del transcurso del tiempo.
Al igual que los aztecas, los mayas pensaban que las profecías se cumplían. Por lo tanto, todo intento de eludir su suerte estaba destinado al fracaso. Al respecto, el libro sagrado del Chilam Balam reza: “Estas cosas se cumplirán. Nadie podrá detenerlas”.
Aunque seguramente se tratase de un relato de las invasiones toltecas, la tradición considera que Ah Xupan Nauat, un profeta maya del siglo XI, habría anticipado la llegada de los españoles al Yucatán, hecho histórico que aconteció quinientos años después.
Formuladas de manera retrospectiva, los mayas hacían todo lo posible para cumplirlas. El que conocía la profecía era considerado el favorito de los dioses, el amo de la interpretación, el dueño absoluto del poder.
Al constatar esa idea, el filósofo, lingüista e historiador Tzvetan Todorov explicó que la vida social de los mayas se caracterizaba por la absoluta regularidad: “la palabra clave de la sociedad mesoamericana es orden”, escribió Todorov.

Rituales en el mundo Maya
Los relatos más minuciosos sobre los ritos de sangre maya provienen del Período Postclásico. Entre ellos, la escena de la extracción del corazón de un guerrero para ofrecerlo a los dioses.
Los jóvenes guerreros pertenecientes a las élites enemigas eran las presas más codiciadas. En el caso de capturar a un gobernante, o a un jefe principal, la víctima era reservada para ser decapitada durante una ceremonia especial.
A la inversa, cuanto más alejado fuese el pueblo de un cautivo, geográfica o culturalmente, los mayas lo despreciaban para el sacrificio. Al decir de Todorov, las víctimas preferidas debían ser, simultáneamente, extranjeras y cercanas.
Los métodos de inmolación eran diversos. Durante el Período Clásico se puso en práctica el descuartizamiento, realizado en ocasiones durante el juego de pelota.
El Templo de los Jaguares y de los Guerreros en Chichén Itzá fueron ámbitos privilegiados para la práctica de los sacrificios humanos.
Los cronistas españoles describen el equipamiento de los sacerdotes: resina de copal para utilizar de sahumerio, pintura negra, y cuchillos sacrificiales.
Según el pensamiento maya, los ritos eran imprescindibles para garantizar el funcionamiento del universo, el devenir del tiempo, el paso de las estaciones, el crecimiento del maíz, y la vida de los seres humanos. Los sacrificios eran necesarios para asegurar la existencia de los dioses, reponiendo su consumo periódico de bioenergía.
El juego de la pelota
Los putunes y los toltecas habrían sido los difusores de la práctica entre los mayas.
Simbólicamente, la cancha en forma de hache hacía de acceso al inframundo. En el campo de juego los jugadores podían retar a los dioses de las tinieblas, enfrentarse con ellos, y vencer a la muerte.
Aunque la cantidad podía variar, los equipos solían integrarse con siete jugadores cada uno. Las dimensiones de la cancha no eran las mismas en todas las ciudades. La más grande es la de Chichén Itzá, y mide 140 x 35 metros. Dos muros inclinados a cada lado del campo hacen de límite. Los jugadores debían impactar la pelota en alguno de los tres discos de piedra distribuidos en el campo, o en los aros del mismo material suspendidos de las paredes, en forma perpendicular a un aro actual de básquet.
La pelota era de caucho, sumamente pesada y dura. Medía aproximadamente 20 cm. de diámetro. El análisis de la momia de un príncipe maya permitió saber que había fallecido por la rotura del esternón, fruto de un golpe brutal con la pelota. Esta podía ser golpeada con los codos, la cadera y las rodillas. Generalmente, el partido concluía cuando alguno de los equipos marcaba el primer gol.
El capitán del equipo victorioso alcanzaba el honor y la gloria, y podía ser ofrendado a los dioses.

La cultura en la civilización Maya
De las tres grandes civilizaciones amerindias del momento de la conquista, los mayas desarrollaron el sistema de comunicación por signos más sofisticado. Los incas no tuvieron escritura, practicando un sistema contable y de memorización por nudos denominado quipus. Los aztecas dibujaban pictogramas de menor abstracción que los mayas. En cambio estos últimos practicaron los rudimentos de una escritura fonética. La escritura maya tiene afinidad con el sistema desarrollado por los zapotecas.
Los glifos componían un complejo sistema de escritura y lenguaje gráfico, integrado por más de setecientos signos, especiales para representar cualquier clase de pensamiento. Seguían un diseño altamente elaborado, y debían ser realizados con exactitud, a partir del dibujo de un recuadro con los bordes redondeados, con elementos enclavados en el interior, acompañados por una serie de signos ubicados en el exterior.
Atribuían poderes mágicos a sus dibujos y pictografías. Realizarlos era un modo de comprender el cosmos y la esencia de los seres vivos, inanimados, e imaginarios.
Escribieron sobre distintos soportes: piedra para los relatos dinásticos, papel para las profecías, la astronomía y el calendario. Usaron conchas marinas, cerámica para los relatos mitológicos, jade y madera, metal y hueso.
Cada soporte cumplía una función diferente. En los “libros de corteza” intentaban inscribir el sentido del tiempo. Las estelas y los monumentos servían para que los reyes afirmasen sus relaciones con los ancestros, explicitando la organización social y legitimando su poder a través de la narración de grandes batallas y conquistas. Las “escalinatas jeroglíficas” –como las del templo de Copán– vinculaban el ascenso y la pisada de cada peldaño con el lugar social de determinados difuntos, y con el tratamiento ceremonial que los mortales estaban obligados a otorgarle.
A diferencia de otras civilizaciones, no se han encontrado entre los mayas escritos estrictamente administrativos, ni registros contables.
Los escribas tampoco se dedicaron cuestiones mundanas. Todas las frases que se han logrado traducir refieren a asuntos dinásticos y sagrados.
En su Relación de las cosas de Yucatán Diego de Landa anotó el nombre de los días y los meses.
Como no existía un “alfabeto maya”, dicho cronista pidió a sus informantes una serie de equivalencias con el alfabeto español, pensando que le dirían las “letras”. En cambio, los indígenas proporcionaron la transcripción de palabras de sonido parecido a los nombres de las letras españolas. Por ejemplo, ac o “tortuga” para la letra “a”, o be, “camino, viaje”, para la letra “b”.
Manuscritos Mayas
a95.jpg" style="float: left;" width="388" />Los códices se refieren al contexto cósmico de los dioses, permiten establecer calendarios y rituales.
Se destaca el códice de Dresden, denominado así porque se preserva en Sächsische Landesbibliothek de dicha ciudad alemana. Fue adquirido por el director de la “Libreria Real” en 1739. Los bombardeos de los aliados que destruyeron la ciudad el final de la Segunda Guerra Mundial dañaron el original. Los especialistas deben recurrir a las copias realizadas desde el siglo XIX para poder estudiarlo.
Narra la existencia de tres mundos anteriores, cada uno destruido por un diluvio. El primer mundo estaba habitado por enanos o “ajustadores”, responsables de la construcción de las ciudades en ruinas. Los enanos se petrificaron con el primer amanecer. El segundo fue habitado por “transgresores”, y concluyó de la misma manera, al igual que el tercero, poblado por los mayas. La llegada de los españoles llegó en el transcurso del cuarto mundo, el cual también será barrido por otro diluvio desvastador.
Con la ambigüedad típica de los conquistadores que destruyen y abominan lo que admiran, el obispo Diego de Landa cumplió con una extraña tarea: escribió la crónica europea mejor documentada sobre el Mayab, la Relación de las cosas de Yucatán. Simultáneamente, hizo quemar en 1531 los manuscritos indígenas que preservaban la memoria y el esplendor de los siglos anteriores.
Las historias del mundo Maya
Conocido como Las Antiguas Historias del Quiché, es el libro sagrado de los mayas quichés de Guatemala. De autor anónimo, fue escrito a mediados del siglo XVI sobre la piel de un venado.
Constituye un intento de explicar simultáneamente el origen del mundo, la historia de los reyes y los pueblos de la región, y la catástrofe de la conquista española. Significados posibles del título serían “El Libro de la Comunidad”, “Libro del Común”, o “Libro del Consejo”.
En el Popol Vuh, los dioses creadores recurren a la pareja de adivinos formada por Ixpiyacoc e Ixmucané para llevar a cabo la creación, echando la suerte de los humanos quienes serán preparados por sus formadores y progenitores, los mencionados “abuelos” Ixpiyacoc e Ixmucané.
La parte central está destinada a narrar el viaje de Hunahpú e Ixbalanqué al Xibalbá. Estos gemelos se valdrán de la magia para derrotar a las fuerzas que gobiernan el País de los Muertos. En lugar de batallas y armas convencionales, ambos hermanos recurrirán al poder de la palabra sobre los seres invisibles.
Reza uno de sus párrafos trágicos: “Esto lo escribiremos ya dentro de la ley de Dios, en el Cristianismo, lo sacaremos a luz, porque ya no se ve el Popol Vuh, así llamado, donde se veía claramente la venida del otro lado del mar, la narración de nuestra oscuridad, y se veía claramente la vida”.
El libro del Chilam Balam
“La palabra de los dioses se ha vuelto ininteligible, o bien esos dioses se han callado”, escribió Todorov, quien recoge una pregunta desgarradora que se repite incansablemente y sin respuesta en el libro maya del Chilam Balam: “¿Cuál será el profeta, cuál será el sacerdote que dé el sentido verdadero de la palabra de este libro?”.
Escrito mucho tiempo después de la Conquista, durante el siglo XVIII, las profecías del Chilam Balam eran retrospectivas: “Estas cosas se cumplirán, nadie podrá detenerlas”; “Hay que amar esas palabras como se aman las piedras preciosas, pues nos hablan de la futura introducción del Cristianismo”.
El Chilam Balam de Chumayel narra un mito originario similar al Popol Vuh, donde los dioses del inframundo dominaban y tenían cautivo al universo.
En clave apocalíptica, al igual que otros relatos mesiánicos de la época de la conquista, el Chilam Balam relata la destrucción y el renacimiento de los nueve niveles del inframundo y los trece cielos, el robo de la Gran Serpiente, el desmoronamiento del cielo, y el hundimiento de la tierra.
Fuentes: Texto e imágenes Discovery Channel, aportaciones propias e imágenes Google.
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