Eran otros tiempos. Sarria se desperezaba y comenzaba una carrera frenética hacia la modernización. Pronto las vetustas calles se remozarían y las fincas divididas en solares harían crecer casas y edificios a una velocidad de vértigo. Poco importaba si había un Plan General de Ordenamiento Urbanístico, o la vía no tenía la suficiente anchura para albergar en sus orillas construcciones que amenazaban con tocar el cielo. Fue y es la ley de la jungla promovida por la avaricia y en buena parte por cientos de emigrantes que cumplían su sueño de levantar un hogar propio. Ya nada volvería a ser igual y aunque la expeculación del suelo dio paso a la Sarria actual, lo cierto es que fue para mejor.Los niños y jóvenes de entonces, a diferencia de los de hoy, gozaban de una libertad casi sin límites. El bello valle que les acogía les daba mil y una oportunidades para realizar sus sueños y aventuras en un espacio que solamente tenía los límites de los dos ríos, El Sarria y O Celeiro, que como no también eran conquistados por las racias juveniles. Se crecía en la calle y en los casi salvajes espacios que luego se iban ir consumiendo bajo vigas de hormigón y hierro.
Un día cualquiera de aquellos años comenzaba con la cita obligada con el colegio. La Merced (conocido por el Convento), La Asunción (con el nombre popular de Las Monjas), La Academia Felipe II, La Academia de Abajo y las decenas de colegios que poblaban la demarcación municipal. Las entradas, recreos y salidas de clase erán ya los momentos idóneos para dar rienda suelta a la imaginación y el divertimento. Pero lo bueno llegaba en las horas libres y los fines de semana. No había coto para las mil tropelías que se nos ocurrián para que la fiesta no decayera.Los espacios naturales abiertos y los muchos castillos de madera que denunciaban una incipiente y fuerte carpintería, eran el caldo de cultivo para mil batallas futbolísticas y de guerras a espada para conquistar el fortín. Y cuando el tiempo lo permitía, O Chanto que vimos nacer, A Veiguiña, O Prao de Severo y otros bucólicos lugares de los ríos sarrianos, refrescaban y limpiaban nuestros cuerpos con sus cristalinas aguas.
Cuando ya la edad daba permiso para "andar de vinos", La Cepa, A Gruta, O Bar Madrid, O Mesón D'Ouro, O Xardín, O Pote, España, O Burato, o los bares de la Estación y San Lázaro, nos permitían "ser hombres" con alguna que otra resaca descuidada. Para las buenas y sonoras tertulias estaban La Unión, El Casino (poco tiempo) y las casas, que no se sabe bien el porque del motivo, siempre les tocaba ser anfitrionas. Pero lo cierto es que, con un vino o una coca-cola delante y con unos virtuosos de la guitarra, se arrancaba con canciones de Víctor Jara y otros cantantes protesta, para rematar con los temas populares de siempre. Pero Soldadito de Bolivia. O Can de Palleiro o Llegó el Comandante y mandó parar, marcaron toda una generación. Claro está que The Beatles o Masiel y su exitoso La, la, la, erán el pan para las buenas tardes-noches en la discoteca del Lítmar Viejo y los faros de grupos locales como Los Flavia, Los Piscis o Neptunos. Luego llegaría la fastuosa Complejo Lítmar y La Xuntanza, que en un mano a mano que marcó época, hicieron pasar por Sarria todos los grandes grupos y artistas del momento.
Por aquel entonces, las instalaciones deportivas brillaban por su ausencia, siendo La OJE en los aledaños y tripas de la actual Casa da Cultura la que acogía a los incipientes campeones sarrianos. Mañanas y tardes de futbolín, ping pong, tiro o baloncesto derretían la adrenalina de una juventud sana y comprometida. Que al igual que sus mayores sentía pasión por la SD
Sarriana y todo cuanto enaltecía a nuestra bien amada Villa de Sarria. Y llegó el Fray Luis de Granada y el Instituto, y con ellos el pabellón de O Chanto. Sarria se modernizaba y ya las generaciones futuras no iban disfrutar de nuestra crianza en libertad. Pero lo peor quizás fue que aquel pueblo en el que nadie era extraño ni "extranjero", en el que todos se conocían y se daban la mano. aquel pueblo que los "días de feira" paseaba sus bondades por A Cigüeneira, aquel pueblo que se unía y disfrutaba de su Xan Xoán en la Calle Mayor, Estación y Diego Pazos, aquel pueblo juvenil que veía como sus mayores "alternaban" un día sí y otro también en una convivencia sin límites, ..., daría paso a otro en el que los aprovechados y oportunistas, vengadores y envidiosos, ..., en fin, sobre todo la clase política, cercenarían de raíz aquel compromiso social de respeto y aceptación del prógimo, que era y es tu vecino. Pero esto será tema de los próximos capítulos.
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